Opinión

El enigma del masoquismo

    
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Sufrimiento, masoquismo. (Shutterstock)

Uno de los motores de la búsqueda de ayuda terapéutica es comprender las partes enigmáticas de la personalidad. Esos mecanismos inconscientes que nos llevan a hacer cosas que no comprendemos, a sentir amor por personas que no nos valoran, a soñar con viejos episodios de la vida que creíamos enterrados pero que tal vez nos marcaron más de lo que quisiéramos.

Uno de los asuntos que más angustia y desespera a los pacientes es la tendencia a atraparse en situaciones de sufrimiento. Hombres y mujeres se preguntan si son masoquistas, al hablar de relaciones amorosas caracterizadas por el desencuentro y la humillación. También aparecen acercamientos compulsivos al dolor en la familia: una hija que busca con afán y sin éxito el amor del padre, la hermana víctima que sigue acercándose a su hermana sádica que la ataca siempre, sin ser capaz de poner distancia ni límites.

Se le llama masoquismo al conjunto de conductas que convierten al sufrimiento en un fin en sí mismo y que transgreden el principio de autoconservación para alejarse del dolor.

El masoquismo es una actitud de sumisión, con búsqueda de sufrimiento y humillación. Es crueldad y agresión volcada hacia adentro, asociada al sentimiento de culpa consciente o inconsciente, que lleva a la persona a creer que merece ser castigada.

He visto a mujeres involucradas en relaciones en las que sufren y son maltratadas, mediante el juego del amo y el esclavo, no necesariamente actuado en el sexo, pero sí en otros terrenos de la relación. Por ejemplo, una mujer con una imagen idealizada de sí misma, comete un error que considera moralmente inaceptable al involucrase en una relación extraconyugal y encuentra formas sofisticadas para castigarse por su falta. Por ejemplo, perdiendo todo deseo por su marido y sometiéndose al maltrato del amante. Siempre llorosa, se siente indigna de amor, cree que merece que le pasen cosas malas y las propicia, intentando así expiar su culpa.

Algunas mujeres jóvenes repiten patrones de sumisión, observados y aprendidos a la perfección de sus madres, aunque en apariencia pertenezcan a una generación muy distinta. Hijas casi idénticas a las madres en su forma de relacionarse amorosamente, desde la aceptación del dolor como destino femenino, que llegan a sentir que enloquecen por la contradicción entre sus convicciones feministas y sus relaciones, en las que carecen de agencia y poder.

Son devastadores los efectos que el “amor” tiene sobre algunas personas. Muchas mujeres sacrifican su ser por el fantasma de un hombre y se humillan con tal de tener a uno a su lado. Las mujeres masoquistas tienen poca autonomía y dependen de una pareja para sentir que existen. Es preferible sufrir por un hombre en vez de aceptar su ausencia. Es mejor adorar a un muerto que aceptar que ya no está.

Algunos hombres son incapaces de enamorarse de alguien que no los haga sufrir. Solo valoran la conquista si es complicada, tormentosa y plagada de rechazos. Describen el dolor de lo inalcanzable como su única motivación erótica y también perder el interés al conseguir lo que tanto deseaban.

Hombres y mujeres por igual, con marcadas tendencias a sentirse culpables de todo, se sumergen en abismos e infiernos fantasiosos, porque lo prefieren a enfrentar la realidad: un hombre se aísla de todos convencido de que lo odian y quieren destruirlo; sus fantasías masoquistas son mejores que asumir las consecuencias de un error.

En “El problema económico del masoquismo” (1924) Freud nos explica que detrás de todo masoquista existe la representación de un “niño malo” que merece ser castigado. Al romper la versión ideal de sí mismos, algunos desarrollan tendencias masoquistas, cuyo poder, rigor e inclinación a la vigilancia y al castigo será proporcional al de sus figuras de autoridad. Un padre severo, cruel e implacable, formará parte de la conciencia moral del niño y después del adulto, que tenderá a castigarse con la misma severidad con la que fue tratado.

En la cultura judeo-cristiana, cometer actos pecaminosos merece un castigo. Mientras más sádica la conciencia moral, mayor inclinación por el masoquismo moral, que suele derivar en depresiones profundas y en cuadros graves de ansiedad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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