Opinión

El enemigo

 
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El titular del STC Metro ha señalado que se investiga la posible responsabilidad de exfuncionarios y de la empresa encargada de la construcción de dicha Línea. (Edgar López)

Es poco frecuente que una sociedad tenga un objetivo claro y unánime.

A veces se logra cuando hay un enemigo externo, inminente, amenazador. Por eso muchos gobiernos, especialmente autoritarios, cuando no encuentran cómo salir de una crisis, buscan de manera afanosa alguno, o de plano lo inventan.

El enemigo no tiene que ser otro país, o alguna persona, puede tratarse de algún tema, y por eso hay la lucha contra la pobreza, la guerra contra las drogas, y otras menos frecuentes. Pero como estos temas no son tan amenazantes ni inminentes, suele ser difícil lograr la unanimidad mencionada. Como sabemos, no existe nada que la sociedad en pleno quiera. A veces no hay que lograr que todos quieran lo mismo, basta con que sea un grupo lo suficientemente poderoso (por su número, recursos, fuerza, autoridad) para que el enemigo se concrete y se enfrente.

En México, hubo un momento en que el enemigo fue el régimen autoritario, y muy rápidamente se logró enfrentar. Se encontró un mecanismo para desmontarlo, y en 1997 lo derrotamos. Pero costó mucho construir una coalición en contra del viejo régimen, más allá del acceso al poder. Más de 15 años tuvimos que esperar para lograr acciones concretas en contra de los sindicatos y empresarios más poderosos de México.

Ahora parecería que el enemigo común es la ilegalidad, pero nos está ocurriendo lo mismo que con el viejo régimen: no hay consenso en definir bien al enemigo, ni mucho menos en la forma en que debemos enfrentarlo. Parece que la mayor coincidencia está en la corrupción, que es parte de la ilegalidad, pero no se comprende por completo. Pero aún en ello no percibo que haya un acuerdo de qué exactamente significa.

Para algunos, corrupción es el asunto de las casas, pero eso parece más guiado por su animadversión al PRI y especialmente a Peña Nieto.

No se ve el mismo coraje contra otros casos de corrupción, de mayor gravedad, como el de José Luis Abarca en Iguala. Ni tampoco aparecen reportajes detallados acerca de casas, ranchos, departamentos de gobernadores. No olvidemos que hoy cualquier gobernador es más poderoso que el presidente, en su territorio.

Tampoco se extiende la corrupción al clientelismo, que se considera algo aceptable. Es decir, parecería que los mexicanos se molestan porque alguien roba para sí mismo, pero no para hacer política, en una actualización del “roba pero salpica”. Menos aún se critica con la misma vehemencia la otra parte de la corrupción, la empresarial, salvo en el asunto de las casas ya mencionadas: Higa y OHL son el problema, según parece, y no todas las demás constructoras, cuyos efectos han sido más graves (como en la línea 12 del Metro).

Y si con la corrupción no podemos ponernos de acuerdo, en el tema de la legalidad mucho menos. Cada quien tiene su definición de lo que es aceptable: piratería, consumo personal de narcóticos, informalidad, usos de suelo, despojo, abuso, y lo que usted guste añadir. Incluso hay ya una defensa estándar: no se debe comparar la corrupción hormiga con la de los grandes políticos. Y con eso se mantiene un doble estándar en el que cada quien tiene su viga y critica las pajas del resto.

El imperio de la ley, como ahora se conoce, es un invento muy reciente, producto de las dificultades para equilibrar el poder entre reyes, nobles y comunes, especialmente en ese período en el que nosotros (América Latina) no participamos. México específicamente destruyó con la Revolución el pequeño avance del final del siglo XIX, y de ahí las diferencias con el cono sur y Brasil en este tema. Es más de un siglo de desventaja, como veremos.

Twitter: @macariomx

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno.

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