Opinión

El enemigo en casa

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Rehenes japoneses secuestrados por el Estado Islámico.

En todos los enfrentamientos entre sociedades, la legitimidad juega un papel fundamental. Las otras dos fuentes de poder, la violencia y los recursos, son importantes, pero cuando un conflicto es duradero, la legitimidad es la determinante. Por legitimidad entiendo la aceptación de la sociedad de un núcleo mínimo de valores, creencias, reglas, costumbres, y de la estructura de poder asociada con ese núcleo.

La legitimidad no se impone, se construye, y por eso las narraciones que dan soporte a una estructura de poder son tan importantes. En las religiones, un grupo de autoridades selecciona narraciones que convierte en ortodoxia, y elimina las demás. Las enseña a sus fieles, desde niños, para reducir las discusiones y conflictos internos. Los nacionalismos inventan un pasado común, y como las religiones, definen la ortodoxia y la enseñan en las escuelas. El comunismo no sólo inventa pasado y presente, sino también un futuro atractivo, que es lo que une a sus fieles. Un futuro que jamás llega, porque es utópico, por cierto.

En las sociedades controladas por la religión, es decir en todas menos la occidental de los últimos dos siglos, quien no acepta la ortodoxia es eliminado: con la Inquisición, el gulag, los campos de concentración, el exilio o el asesinato. Todo en función del mantenimiento de una única legitimidad que permita el control de la sociedad.

Sólo en la sociedad de la no-religión es posible mantener opiniones contrarias sin, por eso, ser eliminado. Muchas veces, ni siquiera perseguido, y en ocasiones, al contrario, festejado. Por ejemplo, han abundado en Occidente grupos a favor del comunismo, sin mayor problema (no en las dictaduras de religión laica latinoamericana, claro). Todavía se siguen celebrando personajes que defendían a Stalin contra toda evidencia, como los comunistas franceses. Y lo mismo puede decirse de los otros enfrentamientos que ha vivido la no-religión. Hoy mismo, hubo en Occidente celebraciones del ataque terrorista de París, como los hubo en 2001 con las torres gemelas. Eso no ocurre en las religiones, sólo en la no-religión de Occidente.

Ésta es precisamente la gran fortaleza de Occidente, aunque a primera vista parezca una debilidad. Las libertades de culto, pensamiento, reunión, publicación, hacen sufrir continuamente ataques internos, que al procesarse han permitido una continua transformación que nos permite vivir cada vez mejor: con más libertad, y absorbiendo adversarios.

Es por eso que a pesar de la gran amenaza que es el terrorismo, la respuesta no puede ser la limitación de libertades. Se puede entender que aumente la vigilancia, que mejore la atención, pero no que las libertades terminen, porque son ellas la gran fuerza que hace que todo el mundo imite a Occidente. Como proclamó Simon Schama en el FT hace unos días, mientras no haya invitaciones a la violencia, las libertades de expresión y publicación deben ser intocables. Y junto con las otras libertades (de culto, pensamiento y reunión) deben seguir siendo nuestro núcleo de legitimación. Quienes estén dispuestos a aceptarlas, deben ser por eso mismo aceptados. Quienes no, pueden buscar en otra parte su futuro.

En la coyuntura, sigue pendiente decidir si este núcleo de libertades puede y debe promoverse en otras partes del mundo. Todo indica que no es sencillo de aceptar para muchos, porque las doctrinas aprendidas desde niños lo impiden. Tal vez sea mejor dejar que cada sociedad avance sola, aunque sea muy difícil aceptar la situación de las mujeres en el islam, por poner un ejemplo. Creo que es un tema que no se ha resuelto. Pero lo otro sí. Lo nuestro son esas libertades básicas. Las vamos a defender.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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