Opinión

El elitismo de la sociedad mexicana ofende

 
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La revista The Economist, al referirse a los políticos mexicanos, dijo una frase cuya verdad se confirma una y otra vez: “no entienden que no entienden” (“they don’t get that they don’t get it”). La misma frase podría hacerse extensiva para la sociedad mexicana.

En la reciente visita papal vimos una sucesión de cínicos desplantes de quienes más tienen, apocando a quienes no. Las largas esperas, sin agua o comida, de quienes fueron a eventos públicos sin mayor dispensa, contrastaron con la comodidad y pompa de quienes entraron por la puerta grande, incluso para ver y escuchar a un hombre esencialmente humilde. Ni siquiera entro en la controversia de si hijos de los más privilegiados se hicieron pasar por niños con cáncer para recibir la bendición papal, o de la falta de sensatez de funcionarios públicos portándose como niños de catecismo al participar en eventos religiosos, aprovechando su aventajada situación, olvidando la laicidad del Estado al que representan.

La brecha social, cuyo ensanchamiento preocupa en todo el mundo, en México toma un aire de cinismo que provee refugio a gente inconsciente y a cobardes convencidos de que los problemas no tienen solución. Hay tanta gente que ha crecido inmersa en el privilegio y que se resigna a una realidad en la que, sin mérito, se benefician de haber venido al mundo en el código postal correcto. En muchos casos, disfrutan de fortunas mal habidas, hechas por ellos o por sus ancestros, que se van limpiando con el paso del tiempo o producto de la adulación y servilismo de quienes les rodean.

En una sociedad en la que influyen crecientemente grupos católicos elitistas en la educación de jóvenes de familias acomodadas (¡cómo se extraña la alternativa de escuelas jesuitas!), incluso la caridad y la filantropía adquieren matices de lucimiento displicente: “te ayudo a ti, desde la grandeza de mi posición social, no porque seamos iguales, sino por la certeza de que jamás lo seremos”.

Cuántas veces he oído a familias que regresan a México desde el extranjero porque “en México sí hay servidumbre”, como si esa condición que surge de la necesidad extrema fuese un atributo social que fuese deseable preservar.

La gente pudiente en México no se da cuenta de que no se da cuenta. No ve cuán desagradable es su ostentación, cuánto ofende el junior en el auto de superlujo, seguido por Suburbans con escoltas derramándose por las ventanas. La frivolidad va en ascenso. La inconsciencia engendra inconscientes. Los hijos imitan los desplantes arrogantes de sus padres.

Y al decir todo esto, estoy seguro de que esta columna tendrá poco eco.

Lo que he notado es que los escritos que más circulan son aquellos donde critico, por lo que sea, al gobierno. Lo que la gente quiere oír es [que] somos víctimas, que éste nos está haciendo cosas, que ellos son culpables de todo lo que pasa. No agrada la referencia a que quizás ese gobernante está ahí producto de nuestra indiferencia, de nuestra complicidad, o peor aún, que sea nuestro reflejo; no entendemos que es algo que nos hacemos a nosotros mismos.

La visita del Papa distrajo la atención de la masacre en el penal de Topo Chico, en el que perecieron 49 personas. Éste es otro recordatorio de un sistema penal dantesco que no le quita el sueño a la clase acomodada. Los 235 mil internos en los 389 penales del país no son “gente como uno”. Los ricos, por deshonestos, criminales o corruptos que sean, no pisan la cárcel. El que haya gente presa sólo por haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado, y que miles de inocentes lleven hasta una década esperando un proceso judicial para recibir sentencia, debería ser indignante, pero no provoca la más elemental empatía.

Evidentemente, sí hay casos de quienes hacen algo, incluso diría que por primera vez veo una sociedad civil que intenta movilizarse. Surgen organizaciones que empiezan a exigir rendición de cuentas, un mínimo de calidad en la educación y otros derechos elementales; universidades privadas por primera vez preocupadas por ser incluyentes. Pero, no basta.

El futuro de México depende no sólo de la capacidad que tengamos para crecer, sino de que éste sea incluyente. No hay país que se desarrolle manteniendo marginada a la mitad de su población. El resultado no se medirá por cómo les va a los más ricos, sino a quienes menos tienen.

Cuando vemos las decisiones absurdas que tomaron electores en países como Venezuela, apoyando a políticos impresentables, debemos comprender la necesidad de muchos de resolver el hambre de hoy, el hartazgo de quien es cotidianamente humillado, la desesperación de quien es marginado. Le ponemos el país en bandeja de plata a un populista.

En México, ensordece el silencio de gente consciente de la gravedad de lo que ocurre.

Twitter: @jorgesuarezv

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