Opinión

El efecto Brexit en marcas europeas

 
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 Al paso de los días, las preguntas sobre los efectos del Brexit empiezan a inundar los aspectos regulatorios, políticos, económicos, culturales y hasta psicológicos que la sorprendente decisión involucra.

Aunque se ha buscado dar “confianza a los mercados” bajo la retórica de los dos años de plazo para su consecución, en algunas áreas ese periodo resulta lastimosamente grave y angustiantemente breve.

Consideremos el caso de la regulación de Propiedad Industrial para entender el contexto. Junto con el surgimiento de la entonces Comunidad Económica Europea, fue creado el sistema transfronterizo de derechos de marca más moderno y ambicioso de la historia, conocido como la “Marca comunitaria”. Gracias a este mecanismo, se logra que con un solo trámite de registro de una marca, éste pueda tener eficacia y validez en el total de países de la Unión Europea, conviviendo con las marcas que individualmente cada país otorga. La construcción que el sistema de la Marca comunitaria (hoy denominada Marca Europea) ha supuesto, es la más sofisticada trama legislativa, administrativa y judicial que el mundo ha conocido en el campo de la Propiedad Intelectual, y un ejemplo que muchos bloques económicos han pretendido imitar sin siquiera acercarse a sus ventajas y atributos.

De hecho, esta opción de Marca comunitaria no solo beneficia a los miembros de la Unión Europea, sino a todos los que desean proteger sus signos distintivos en los 28 países de la UE - perdón, 27 -, auspiciando con ello las actividades comerciales que requieren de este tipo de facilitadores. La ecuación es simple, si una empresa extranjera tiene que registrar su marca en 27 países, más Gran Bretaña, lo más práctico es registrar en la Unión Europea y relegar la opción de negocios en la isla.

La pregunta que surge de la salida de la Gran Bretaña del sistema, y que es ejemplificativa de las dificultades que supone una transición de esta magnitud en muchos terrenos, es la de las medidas jurídicas que implica la escisión. La primera pregunta es hasta cuando se seguirán aceptando solicitudes de registro que incluyan a Gran Bretaña como parte de la UE, y la otra y más inquietante, que pasará con las marcas registradas que incluían ese territorio a partir de la fragmentación. Otra área de claro impacto inmediato como consecuencia del Brexit es la de denominaciones de origen e indicaciones geográficas, para las que el marco regulatorio europeo había dispuesto contrapesos muy adecuados para el reconocimiento mutuo de todos los productos de origen de la región, y cuya cohesión resulta fundamental para enfrentar en bloque a la tradicional descortesía estadounidense en este asunto.

Más allá de que a nadie beneficia generar incertidumbre en un tema tan sensible como este y que el principio de derechos adquiridos deberá ser respetado a ultranza, la segmentación parece representar un signo claro de descomposición en algo que se concebía como definitivo en su cohesión y compromisos fundacionales. Brexit obligará a repensar las decisiones adoptadas hacia la formación de parlamentos comunes, oficinas administrativas comunes y tribuales comunes, para trazar ahora rutas de escape que pudieran empezar a marcar una tendencia. Lo que es claro es que Brexit está dejando muchas lecciones, y entre ellas, la oportunidad de replantear la forma de acceder y estar en los acuerdos que integran los esquemas de integración comercial y política.

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