Opinión

El diluvio que viene

    
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Tres de los postulados en la encuesta de Morena: Martí Batres, Claudia Sheinbaum y Mario Delgado. (Cuartoscuro)

Como decíamos el viernes, la selección de candidato (en este caso, candidata) en Morena ha sido un proceso terrible. Iniciaron apelando a la fe de sus seguidores con una encuesta que los interesados sólo conocieron 96 horas después. Según columnistas, el resultado les fue notificado verbalmente por el secretario de organización de Morena, sin presentar documento alguno. El lunes, después de que Monreal exigió que se presentara la encuesta, se hizo público un documento de 10 páginas, que trae porcentajes y al final una descripción metodológica. Seguimos sin saber qué empresa levantó la información, aunque nada más por utilizar la palabra “expanción” en la página 6, podría uno dudar del profesionalismo, si no es que de la existencia misma de dicha empresa.

Las maromas que daban los defensores de Morena hasta el lunes se convirtieron, con la aparición del documento, en gritos y algarabía: se demostraba que sí hubo encuesta y que sí decía lo que se había anunciado. Encuestadores profesionales han dicho que se trataría de un levantamiento sesgado, pero eso no parece importar. Cada partido decide sus mecanismos internos de selección de candidatos, y no creo que nadie le reclame a López Obrador preferir a alguien de probada lealtad para el segundo puesto más importante en disputa en 2018. Es la simulación lo que parece inadecuado, especialmente para quien se vende como honesto a toda prueba. Y todo esto pudo evitarse si el lunes o martes de la semana pasada hubiesen publicado ese mismo documento (sin faltas de ortografía y con firma, de preferencia). Al no hacerlo, han permitido no sólo que crezcan las dudas acerca de la honestidad del partido y de su mismo líder, sino que los reclamos del derrotado tengan visos de credibilidad.

Ahora parecen recordar los seguidores de Morena que Monreal ha sido un político inestable y concentrado en sí mismo, y que abundan las acusaciones de corrupción en sus gobiernos. Esa percepción, por alguna razón, no era general entre ellos antes de que perdiera la candidatura. El velo purificador del líder no funciona eternamente, sino sólo mientras dura el culto y la devoción. Los apóstatas regresan al pantano del que habían salido.

Desde la primera elección presidencial de López Obrador ha sido muy llamativa la fascinación que produce en millones de personas, incluso algunas con instrucción superior y de posgrado. Nubla la visión de personas que, para muchas otras cosas, son consideradas críticas e inteligentes. Esa fascinación destruyó amistades hace 12 años, y provocó un encono que se ha mantenido desde entonces. Es algo similar a lo que vive Estados Unidos hoy, donde hay dos grupos que no pueden ya comunicarse, y prácticamente buscan exterminar (políticamente) al otro.

Si bien todas las campañas políticas provocan enfrentamientos, porque se trata de decidir entre diferentes formas de ver el mundo, en estos casos estamos en otro nivel. Uno de los grupos se asume como el pueblo, definiéndose con base en un enemigo abusador (la mafia del poder), y la elección resulta entonces una guerra santa. Ahí no puede haber reflexión o raciocinio, se cree o no, y se actúa en consecuencia. Todo indica que la campaña de 2018 será de este mismo tipo, aunque no estoy seguro de que pueda haber milagros. Aunque López Obrador es popular, lo es más en el centro y sur del país, que ha perdido población frente al norte desde 2006 (en términos relativos). Por otra parte, la aparición de un candidato independiente como El Bronco podría quitarle incluso sus 10 o 15 puntos en estados norteños. Si a ese horizonte poco prometedor se suman problemas desde la capital, el gran bastión morenista, me parece que el paraíso quedará otra vez fuera del alcance del líder. Ya veremos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

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@macariomx

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