Opinión

El día a día y el mal humor social

 
1
 

 

Enrique Peña Nieto

Por César Velázquez Guadarrama.

De acuerdo a Buendia&Laredo (www.buendiaylaredo.com), en julio de 2016 el 63% de los mexicanos reprueba mucho o algo el trabajo que está haciendo el Presidente de la República (en febrero de 2013, este porcentaje sólo era de 29%). Además, el 67% de los mexicanos piensa que el país va por mal camino. Ante este hecho, el gobierno insiste en que es un problema de comunicación y que los grupos afectados por las reformas estructurales buscan presionar al gobierno para intentar revertir la pérdida de sus beneficios. Es decir, el grupo gobernante considera que no hay razones por las cuales la población en general deba estar tan descontenta y que grupos de interés pueden manipular el sentir de la sociedad. En este contexto, el mensaje gubernamental es hablar una y otra vez de las reformas, de lo que han hecho o están por hacer e inundarnos de anuncios promoviendo las diferentes acciones y programas del gobierno.

Sin embargo, esta actitud presenta, a mi juicio, dos grandes defectos. El primero es que la población no puede creer en un discurso que no es congruente con la realidad. El gobierno no puede decir que la seguridad va bien cuando de acuerdo con datos del propio Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, por ejemplo, la cifra de homicidios dolosos presenta una tendencia a la alza desde 2015. El gobierno no puede decir que las obras de infraestructura van bien cuando hay colas y colas en las casetas pues el sistema de telepeaje no funciona de la manera correcta. El gobierno no puede invitarnos a pagar más impuestos cuando se duda de la transparencia, honestidad y eficiencia en el ejercicio del gasto público. El gobierno no puede pedir confianza cuando el Presidente promete no más bloqueos a la Autopista del Sol y éstos han ocurrido decenas de veces después de la promesa.

Sí, la comunicación social no funciona pero no porque se haya escogido mal las palabras o a los actores y los locutores o porque la canción o tema musical utilizado en los anuncios no sea lo suficientemente pegajoso, sino porque el discurso no es congruente con el día a día de la gente, ni tampoco presenta empatía con las necesidades de la población.

El segundo problema es que el sobrevender las reformas puede tener justo el efecto contrario, el de su desaprobación o incluso derogación.

De manera personal, estoy a favor de las reformas y estoy seguro nos pueden dar grandes frutos en el mediano y largo plazo, pero no se les puede pedir cosas que no pueden dar. El ejemplo más trágico de esta situación es el del precio de los energéticos. El gobierno hace unos meses insistió en que la disminución de los precios de la gasolina era consecuencia de la reforma energética. Ahora, vuelve a señalar que el decremento del precio del gas LP del 10% también lo es. No es cierto, la disminución en el costo para los consumidores se debió, en ambos casos, a la baja de los precios internacionales. El problema de atribuirle el poder a la reforma energética de bajar los precios, es que, como ya ocurrió con la gasolina, cuando el precio sube el aumento también se le achaca a la reforma, lo cual la deslegitimiza.

Lo anterior no quiere decir que el discurso del gobierno deba ser pesimista, pero un poco de empatía y reconocer que no todo lo han hecho de manera perfecta puede ayudar a recobrar la confianza de la población. Un presidente sin apoyo no le conviene a nadie. El gobierno necesita de legitimidad para avanzar en la implementación de las reformas y para impulsar la cohesión social que tanta falta nos hace.

También te puede interesar:

Contra el bullying, educar en el respeto

La desigualdad y el desarrollo infantil temprano

La desobediencia civil y la CNTE