Opinión

El desarrollo sería posible

La división económica del mundo hizo a Estados Unidos el principal consumidor de la producción del resto de las economías. Durante las tres últimas décadas, los gobiernos de México hicieron de las exportaciones a ese país, el principal motor del crecimiento económico. Ese “modelo” está agotado.

La recuperación estadounidense es titubeante, pero aun cuando llegue a afirmarse, las exportaciones mexicanas no tendrán el dinamismo que permita considerarlas como motor de nuestro crecimiento.

Estados Unidos está en el intento de recuperar su planta manufacturera, aprovechando la posibilidad que ofrece el gas shale de abatir los costos de la energía. El nuevo patrón de crecimiento y comercio de ese país pretende elevar la oferta doméstica de bienes de consumo duradero.

Su producción industrial y de manufacturas se está acelerando; por eso sus compras a nuestro país han venido creciendo menos y hay que prepararse ante el escenario de que siga esa tendencia en el futuro.

México podría ser un país desarrollado

Así titula Carlos Obregón su libro, editado por Pensamiento Universitario Iberoamericano, México 2013. Para serlo se tienen que diseñar estrategias que 1) fortalezcan las capacidades productivas del país, 2) atemperen las desigualdades, condición para ampliar el soporte de consumidores internos al desarrollo productivo y 3) actualicen el orden institucional para fortalecer la gobernabilidad del país.

Para lo primero, en vez de seguir esperando que los tratados de libre comercio le abran las puertas del mercado mundial a las manufacturas mexicanas, hay que tener un plan industrial de largo plazo.

La idea dominante alrededor de los tratados de libre comercio ha sido la reducción generalizada de los aranceles y permisos previos a las importaciones, y mantener bajos los salarios como ventaja competitiva. Casi no se ha hecho ningún otro esfuerzo.

Arnulfo R. Gómez me hizo llegar comentarios de un informe sobre la evolución de la relación de México con la Unión Europea en la que los europeos critican que México firma tratados de libre comercio, sin seguir procesos de ajuste.

Desde la súbita y franca apertura al comercio exterior hace 30 años faltó, y sigue faltando hoy, una estrategia compensatoria de las asimetrías en competitividad, capacidades financieras y en mercadotécnica, por lo cual han empeorado esas desventajas de la estructura productiva del país.

El ajuste al comercio con Estados Unidos exige reparar cadenas de valor rotas y otras deficiencias para aprovechar las capacidades propias de las actividades productivas del país.

Para eso se requieren inversiones, que no llegarán sin el estímulo de compra de los consumidores; si pierde importancia el mercado estadounidense, y la diversificación a otros mercados exige niveles de eficiencia y competitividad superiores, sólo queda fortalecer el mercado interno.

En lo inmediato, la ampliación del mercado interno tendría que basarse en la inversión pública y privada, dados los bajos salarios de la inmensa mayoría de los trabajadores, pero a mediano y largo plazo el consumo privado tendría que recuperar su importancia principal.

La primera condición para ser un país desarrollado, es revertir la tendencia a reducir la masa salarial en proporción al PIB que es, además, la única medida efectiva para atemperar las desigualdades sociales.

En 1991 los salarios representaban el 39.79 por ciento del PIB. En 2006 habían bajado al 28.47 por ciento. El INEGI señalaba al final de 2012, que “los salarios representan el 27.6 por ciento del PIB. El excedente empresarial derivado de las actividades productivas, el 62.4 por ciento”.

Esas proporciones son exactamente al revés de la distribución que tiene el PIB de los países europeos, por ejemplo.

No hay misterio en el desarrollo económico: se basa en las inversiones en producir para satisfacer la demanda de un mercado con la capacidad de compra que representan las clases medias, cuya amplitud está dada por la parte del PIB que representan los salarios laborales.

La diferencia entre países ricos y pobres no es el monto de la riqueza que producen, sino la proporción del PIB que se paga en salarios: menos del 30 por ciento en México, más del 60 por ciento en Europa.

Las inversiones y las innovaciones técnicas y de productos, que son los verdaderos motores del crecimiento, responden al estímulo de su mercado de consumidores privados.

La actualización institucional del país (reforma del Estado) complementa, junto con la eficiencia productiva y la equidad social, los requisitos para hacer de México un país próspero.