Opinión

El derecho de irse

Hola Jorge:

Llevo semanas pensando en escribirte esta carta pero no me atrevía. Ya sabes, dicen que la culpa paraliza y a mí me criaron cuidadosamente en ella. Crecí convencida de que el temor a Dios era una virtud. Que uno podía pecar simplemente por tener malos pensamientos. Después me distancié de esa forma de pensar de mi madre y dejé (en teoría) de sentirme culpable por todo. Ahora pienso que soy una miserable porque voy a dejarte, pero sobre todo porque he sido incapaz de decirte que desde hace mucho tiempo esta relación dejó de tener sentido para mí. Parece que la única sobreviviente de lo nuestro, es una promesa que no me he atrevido a romper. Prometí estar contigo toda la vida. Perdóname. Éramos demasiado jóvenes y sabíamos muy poco de la vida y su impermanencia. Prometerle una eternidad a alguien hoy me parece siniestro. Vivir creyendo que alguien será una presencia incondicional, es algo ajeno al amor.

Se nos revirtió el 'para siempre' Jorge. Hace años que no tenemos nada en común, que no nos entendemos, que no nos caemos bien, que tenemos sexo tres veces al año y sólo cuando estamos suficientemente borrachos.

Soy egoísta al tomar esta decisión. Pero además es una consecuencia de haber sido socios más que pareja. De haber sido exageradamente racionales dejando de lado la ternura, la diversión, la improvisación, el erotismo. La verdad es que tú y yo nunca tuvimos química del cuerpo, pero éramos buenos amigos. Logramos ser un equipo sólido y productivo. Me acuerdo de una época en la que todo giraba en torno al dinero y cómo lo haríamos crecer. Vimos decenas de propiedades que se vendían en la ciudad. Compramos algunas, las arreglamos, las rentamos, disfrutamos el fruto de las inversiones. Viajamos, vimos juntos el mundo, bebimos y comimos, organizamos comidas espectaculares con nuestros amigos y siempre fuimos los mejores anfitriones. Pero nos quedamos sin cosas que decirnos, sin risas, sin baile, sin desnudez. Nos acostumbramos a dormir juntos sin tocarnos. Somos corresponsables de una relación productiva pero fría.

Durante años no tuve el valor de hablar contigo de frente. La culpa me consumió. Jamás fui capaz de confrontarte. Vivimos bajo la premisa falsa de que todo estaba bien y de que las diferencias y la distancia se arreglarían algún día.

Ya no quiero el pacto del 'para siempre' Jorge. La vida se me está yendo junto a ti. Me queda poco tiempo para aprender a vivir sin la estabilidad que tú representas. Viniendo de una familia muy católica y muy caótica, tenerte como una base segura fue la gran cosa durante mucho tiempo. Tú te convertiste en el padre que no tuve: cumplido, presente, responsable, confiable. Pero jamás imaginamos lo mucho que nos íbamos a aburrir juntos. No sabía que llegaría a los 43 años con ganas de enamorarme y de vivir novedades. Si hubiéramos tenido hijos todo sería distinto. Quizá.

Jorge, la estabilidad me la puedo dar yo a mí misma. Ya no necesito que tú me la proveas. Tengo que dejar de preocuparme por ti y pensar solamente en mí. El egoísmo es el peor crimen para gente como nosotros, siempre decentes y compartidos. Pero se acabó. Por lo menos para mí.

Quédate con todo. Solamente quiero mis libros.

Gracias por permanecer conmigo tanto tiempo. Nos hemos querido mucho y sé que algún día agradecerás mi decisión.

No dejes de tomarte la medicina. Come bien, duerme más, bájale al cigarro y al vodka. No quiero que te pase nada.

Ódiame un rato y después perdóname, Jorge. La vida es corta y no debemos desperdiciarla más.

Mara.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag