Opinión

El derecho a la salud: ¿libertad individual
o responsabilidad colectiva?

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 [Cuartoscuro]Se contempla la aplicación de 442,783 vacunas contra sarampión, rubeóla, tetanos, difeteria, entre otras enfermedades. 

Tenemos la idea de que los retos en materia de salud se encuentran principalmente en los países en desarrollo. Para dar una idea, entre 2012 y 2013, la Organización Mundial de la Salud (OMS) destinó 23 por ciento de su presupuesto total para combatir enfermedades infecciosas como la malaria, el VIH y la tuberculosis y 27 por ciento para enfrentar emergencias que van de la erradicación de la poliomelitis al ébola. Es decir, que la OMS usa casi la mitad de su presupuesto en tratar las infecciones en el mundo, concentradas principalmente en las poblaciones infantiles de África (27.6 por ciento del presupuesto de la organización se destina a ese continente).

En estas circunstancias nos enteramos con estupefacción del brote de sarampión que empezó en el parque de Disneylandia en California en diciembre de 2014 y que ha provocado alerta en varias entidades estadounidenses, y que ya se extendió a México. El sarampión se había erradicado en EU desde el año 2000 como resultado de los programas para vacunar a las poblaciones más vulnerables, entre ellas, la infantil.

El brote ocurrió como resultado de una tendencia insólita de algunos padres de no vacunar a sus hijos, que empezó en los años 1990. Por esos años, circuló la hipótesis, descalificada inmediatamente, de que algunas vacunas se relacionaban con enfermedades como el autismo.

Actualmente varios padres de familia no vacunan a sus hijos por motivos personales –credos religiosos, desconfianza en los médicos, creencia en la inmunidad natural o por una “moda” de vivir en contacto con la naturaleza y sin contaminantes externos. Sorprendentemente, estas creencias se dan en círculos con el mayor nivel de ingresos. A esto se añade que actualmente muchos estados de ese país consideran que los padres están en su derecho de decidir la conveniencia de vacunar a sus hijos o no y los exentan de hacerlo. Estas acciones son contrarias al consenso de la comunidad científica global de que las vacunas son fundamentales para erradicar muchas enfermedades infecciosas.

El problema es que cuando la gente olvida los males de una enfermedad infecciosa como el sarampión (neumonía, meningitis, muerte), minimiza su riesgo y no se protege contra ella. Y cuando pasa de ser una decisión individual a un acto colectivo caen las tasas de vacunación y las comunidades se exponen a brotes generales que las ponen en peligro. Un problema adicional es que la gente que no se vacuna tiende a congregarse. Así, paradójicamente, cuando la buena salud se vuelve un estado normal, se convierte en un riesgo.

El debate sobre las vacunas en Estados Unidos no es nuevo. Estuvo presente en las campañas electorales en 2008 y 2012. Los neoconservadores rechazan la intromisión del Estado en este tipo de decisiones. Sin duda, el brote ha vuelto a poner en el centro la relación entre el bien común y las libertades individuales. Es irónico que el gobierno de Estados Unidos coarte libertades individuales para combatir la amenaza del terrorismo, pero que se muestre reticente a hacer lo mismo para garantizar la salud pública por medio de la vacunación. En ese sentido, el comportamiento del gobierno ante esta crisis contrasta con experiencias recientes como el brote de gripe H1N1 que ocurrió en México en 2009 o el de ébola en África que se propagó el año pasado, que no dejaron duda del imperativo de enfrentar las enfermedades infecciosas con firmeza y rapidez.

La crisis del sarampión muestra las repercusiones que tienen decisiones irresponsables e innecesarias de individuos y de gobiernos. Este brote es una llamada de atención importante a la comunidad internacional. Combatir enfermedades infecciosas es una lucha de todos los días: no hay garantías definitivas de que vayan a desaparecer si no hacemos lo suficiente para evitarlo. Por eso, además de aumentar el financiamiento de las investigaciones para combatir las enfermedades, es necesario difundir los logros de la ciencia para que los ciudadanos adquieran mayor sentido de responsabilidad hacia sus familias y sus comunidades más cercanas. La salud es un bien público global al que todo mundo debe tener acceso y en el que todos compartimos responsabilidades.


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