Opinión

El derecho a desear

Lleva meses fantaseando con la posibilidad, pero su personalidad asustadiza y su formación tradicional, le impiden actuar. Se siente traidora y una mala mujer sólo de pensar en el cuerpo de otro hombre.
En qué se sentirá tener sexo con alguien que no sea su marido.

Llevan 15 años juntos y han sido sobre todo amigos, casi hermanos. Nunca hubo una gran pasión entre ellos pero ella pensó y sintió durante mucho tiempo que así estaban bien, que era normal que hicieran poco el amor, que él no expresara deseo por ella o que siempre siguieran la misma rutina sexual. Siempre durante 15 años.

Tampoco tenía experiencias previas contra qué comparar su vida íntima porque se casó muy joven, así que estuvo tranquila durante mucho tiempo.

Llegaron los hijos y les pasó lo que le pasa a casi todas las parejas: transfirieron toda su energía amorosa, psíquica y física a la crianza. El romance con los hijos, con su crecimiento, con sus logros, sirve de amortiguador (durante un tiempo) de una vida erótica muerta.

Fueron felices como familia. Hicieron viajes al mar, días de campo, clases de futbol, de ballet, tareas, tardes de tele y palomitas. Pusieron la paternidad por encima de las necesidades personales.

Eso les habían enseñado a los dos: ser responsables, dignos de confianza y modelo de estabilidad.

Pero la vida rara vez quiere lo que nosotros queremos. Silenciosamente, ella ha acumulado deseos, fantasías y frustraciones. Siente rencor hacia él por ser un amante aburrido y rutinario. Por estar siempre cansado. Ella también está cansada: de intentar sentir pasión cuando nunca ha existido; harta de lavarse el cerebro todos los días para convencerse de que es egoísta al no valorar al hombre que tiene a su lado que, a decir de sus amigas, es guapo, productivo, sano y buen padre. A veces piensa que está loca por necesitar otra cosa y por desear separarse.

La idea de tener un amante choca contra sus principios. Quiere verse libre de hacer lo que le dé la gana, sin traicionar a su marido, pero cada vez es más difícil ignorar lo que siente.

El paso de los años, su edad, los hijos que han crecido un poco y ya no la necesitan tanto; descubrir dentro de sí a una mujer pasional que necesita sentirse deseada pero sobre todo desear.

Hablar del tema es una tragedia (aunque no debería serlo). Cada que ella le plantea que quiere separarse él se entristece y termina llorando, prometiéndole que todo va a cambiar, que van a hacer cosas divertidas juntos, que van a viajar y se volverán a enamorar.

Ella sabe que nada de eso pasará, sencillamente porque ya no tiene ganas. Se le terminó la paciencia y necesita separarse. Quizá temporalmente, quizá para siempre. Y hacer lo que tiene ganas de hacer o no hacer nada, pero sentirse libre de elegir.

Muchas parejas comparten un amor filial que les alcanza durante un tiempo para ser felices. Sin embargo, la ausencia de una vida erótica y amorosa satisfactoria, se convierte en una fuente de sufrimiento para algunas personas. Todos deberíamos ejercer libremente el derecho a cambiar, a desear, sin vivirlo como una tragedia. Las relaciones se terminan, la gente se separa, se vuelve a enamorar y puede comenzar una vida nueva si eso es lo que decide.

Tragedias son las enfermedades terminales, el secuestro, la muerte. El derecho a irse de un matrimonio, no. Quedarse por lástima, por culpa, por no cargar con la responsabilidad de un divorcio, por no “traumar a los hijos”, es una forma de pensamiento que deberíamos comenzar a erradicar. La institución no debería estar por encima del deseo. Quizás así habría menos gente infeliz en el planeta.

Psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag