Opinión

El dedo en la llaga

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[Salvador Cienfuegos/Secretario de la Defensa/Imagen de archivo/Cuartoscuro] Ejército, gobierno y pueblo, construyen un México sólido.

El general Cienfuegos puso, como ningún secretario de Defensa lo había hecho antes, el dedo en la llaga: 1) el Ejército no está preparado ni diseñado para efectuar labores policiacas; 2) a los militares nos urge regresar a los cuarteles; 3) no veo a la mayoría de los gobernadores trabajando para forjar policías modernas y profesionales.

No le falta razón al general secretario y se puede añadir lo que todo el mundo sabe. Poner al Ejército en la primera línea de fuego en el combate al crimen organizado lo vuelve blanco de denuncias por violación de los derechos humanos.

Con un agravante, también señalado por el general: la acotación del fuero militar, en los casos en que haya víctimas civiles, pone a los soldados ante la disyuntiva de desobedecer órdenes o ser procesados por violar los derechos humanos.

Se trata, a final de cuentas, de una trampa sin salida. Porque las labores policiacas que se encomiendan a los militares siempre tienen por objetivo organizaciones criminales que están compuestas por civiles. Amén de que en ese tipo de enfrentamientos puede haber víctimas inocentes colaterales.

No hay forma, en consecuencia, de que el Ejército salga bien librado. Y menos aún cuando la ley reglamentaria de sus operaciones para seguridad interna no existe, y las presuntas violaciones de los derechos humanos son procesadas por el sistema judicial, en que la justicia no es pronta ni expedita y está sujeta a todo tipo de presiones.

Otra de las consecuencias indeseadas de conferirle al Ejército responsabilidades policiacas es el riesgo de la corrupción. El caso del general Gutiérrez Rebollo sigue siendo emblemático, pero sería ingenuo suponer que fue un hecho aislado. Sobre todo cuando se sabe que el poder económico de los cárteles de la droga es descomunal.

Los señalamientos del general pueden y deben ser leídos como una llamada de atención a toda la clase política. Porque, si se hace un recuento de lo que ha pasado en los últimos 17 años, se puede constatar que la irresponsabilidad y la falta de voluntad política para abordar este problema han sido la regla.

Desde mediados del sexenio de Zedillo había un fuerte malestar por la violencia y la inseguridad. Pero no se hizo gran cosa. Vicente Fox, después de haber anunciado que sacaría al Ejército de las calles, rectificó y archivó el tema.

Felipe Calderón declaró la guerra e involucró a las Fuerzas Armadas, como nunca antes, pero debe decirse en su descargo que abrió la discusión sobre la pertinencia de crear una policía nacional única o, cuando menos, 32 cuerpos estatales profesionales y modernos. Su iniciativa fracasó porque enfrentó la oposición de priistas y perredistas.

La llegada de EPN sepultó el tema. El nuevo gobierno puso el énfasis en la prevención del delito y decretó que la violencia y la inseguridad eran, más que todo, un problema de percepción.

Es por todo eso que a lo largo de 17 años la crisis de los cuerpos de seguridad no ha sido abordada ni se ha diseñado una estrategia de Estado para forjar policías modernas y profesionales, que permitan a los militares regresar a sus cuarteles.

Después de Ayotzinapa hubo una rectificación del gobierno federal. El presidente Peña presentó, en noviembre del año pasado, una iniciativa de seguridad que contemplaba, entre otras cosas, el impulso y la aceleración de mandos únicos en las 32 entidades de la Federación.

Pero ahora fue la oposición de perredistas y panistas la que congeló la iniciativa, que duerme el sueño de los justos en el Congreso, y que el gobierno federal no tiene –al menos no muestra– intención de sacar adelante.

Y no es difícil entender por qué. Los temas de la violencia y Estado de derecho no figuraban en las prioridades del candidato electo Peña Nieto. Y siguen sin figurar. Entre otras cosas, porque la creación de los mandos únicos implica una gran cantidad de recursos que el gobierno federal prefiere destinar a programas sociales u obras de infraestructura.

Así que no hay que hacerse bolas ni ilusiones. El general Cienfuegos es un profeta que clama en el desierto, sin ser escuchado por el gobierno federal ni las oposiciones... hasta que el futuro nos acabe de alcanzar y estalle un problema de magnitud inmanejable.

Twitter: @sanchezsusarrey

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