Opinión

El deber de resistir a la autoridad

 
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Besos. (Edgar López)

Que la autoridad política sea arbitraria es una experiencia constante en la humanidad y en nuestra patria. La arbitrariedad puede basarse, incluso, en el derecho positivo, pero eso no significa que esa disposición sea justa. En ocasiones, cuando la disposición no tiene mayor trascendencia y no provoca mayor daño, es preferible acatarla. Pero cuando la disposición contraría de manera grave a la persona y el orden social, hay que oponerse por diversos medios: manifestarse contra ella, ignorarla o resistirla. Sin duda eso conlleva un riesgo, pero eso hay que asumirlo.

Cuando se recurre a las leyes para imponer criterios abusivos, como puede suceder incluso democráticamente, eso no significa que el derecho se identifique con la justicia. El caso de Sócrates es paradigmático, aunque él, en congruencia con su pensamiento, no resistió. Pero ejemplos de resistencia abundan en la historia. Suele presentarse a Ghandi como ejemplo resistencia pacífica que no sólo impugnó las injusticias del Gobierno Británico, sino que desembocó en la independencia de la India.

Ahora en México estamos ante la necesidad de resistir sobre el tema de los mal llamados matrimonios igualitarios. Primero la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha “interpretado” que el matrimonio heterosexual con fines procreativos, es discriminatorio y, por tanto, se deben autorizar como “matrimonio” las uniones homo sexuales. Ante esto, no pocas legislaturas estatales han resistido la invasión de la Corte en un ámbito de su competencia y han mantenido el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer.

La resistencia de los Congresos no sólo se basa en la defensa del ámbito de competencia estatal para legislar en materia civil, sino que también se ha alegado el principio de equidad que nos permite distinguir en el trato a las personas: la equidad obliga a tratar desigual a los desiguales, y pretender tratar igual a los desiguales, es un acto de injusticia. Cuando se legisla pretendiendo igualar los matrimonios homosexuales, para equipararlos con los heterosexuales, se está tratando igual a los desiguales.

El matrimonio heterosexual es diferente al pretendido homosexual, en razón del sexo, que es reconocible física, sexual y genéticamente con claridad. El sexo es lo que permite la complementariedad entre hombre y mujer y la reproducción natural de la especie, que no se sustituye por los auxilios o métodos mecánicos. Esa es la concepción auténtica y el significado inmerso en la etimología de la palabra matrimonio. Por eso no es justo lo que, ahora, pretende el Presidente Enrique Peña Nieto con la iniciativa de reforma a la Constitución que está pretendiendo.

Hoy podemos atribuir a la Suprema Corte de Justicia de la Nación una injusticia adicional a la cometida por la aprobación de la supuesta constitucionalidad del aborto en las primeras 12 semanas en el D. F.

Podemos decir que la iniciativa que ha tomado el Presidente Peña Nieto es un claro reconocimiento que no forma parte de nuestra Constitución el matrimonio homosexual. Y eso también generaría una injusticia, pues se pretende equiparar el llamado “género” con el sexo.

El sexo de las personas, como ya indiqué, lo otorga la naturaleza. Ni la Corte ni la Constitución pueden imponer lo contrario. Los hombres son hombres y las mujeres son mujeres. Por desgracia y de manera no siempre clara en sus razones, hay quienes no se identifican sicológicamente con lo que son, sino que se identifican con el otro sexo.

Eso siempre había sido considerado una patología, hasta que el lobby gay presionó a un grupo de psiquiatras para que aprobaran el estudio de un psiquiatra gay, con poco rigor científico, decretando que eso no era una enfermedad mental. Esa decisión “democrática” no ha sido aceptada por todos los psiquiatras y psicólogos. Tan es así, que muchos homosexuales se someten a tratamiento y logran identificarse con lo que son.

Pero el lobby gay hasta a eso se opone y combate a quienes se someten a tratamiento y a quienes lo realizan.

Los propios generistas afirman que lo suyo es una “construcción cultural”, distinta del sexo. Cuando la cultura se impone por ley, como el “realismo soviético”, nuevamente caemos en posiciones totalitarias.

Imponer la visión generista como obligatoria a toda la sociedad, pasa no sólo por encima de lo natural, sino impone un imaginario, una construcción subjetiva que no es un derecho humano.

Ciertamente los homosexuales tienen derechos humanos, tienen dignidad y deben ser respetados, pero no por homosexuales, sino por ser personas. Tienen sí, derecho a no ser discriminados por su orientación para el ejercicio igualitario de los derechos de las personas, pero no tienen derecho a ser tratados como iguales en lo que son desiguales, y éste es el caso específico del matrimonio, respecto del cual podríamos decir que existe un derecho histórico consuetudinario a lo largo de toda la historia de la humanidad, no como mero hecho cultural, sino como la expresión natural de la diversidad sexual que tiene en el matrimonio la base de la familia.

En algunos casos se ha consentido en otorgar derechos iguales, en lo que es posible, a las parejas que viven en matrimonio y a las sociedades de convivencia. Pero no se les puede otorgar la igualdad total, porque se rompería la equidad. Las sociedades de convivencia son una formular pragmática para dar ciertas protecciones jurídicas que se dan a las parejas heterosexuales, pero hay algunos derechos que no les son propios, como tener hijos, pues su relación es estéril por naturaleza, y la adopción no es un derecho de los adultos, sino de los niños, y el interés preferencial de los menores exige el respeto del derecho de los niños a tener un padre y una madre.

Quienes hemos contraído el matrimonio concebido como la unión de un hombre y una mujer, con fines procreativos, para mantener una unión estable para formar una familia, somos agredidos y discriminados por las nuevas concepción que dañan a la célula básica de la sociedad, y no aceptamos ser calificados peyorativamente con el término discriminatorio de homofóbicos, porque no estamos contra nadie, sino a favor del matrimonio que es natural y de la familia.

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