Opinión

El debate de los aspirantes a la presidencia panista

 
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Javier Corral y Ricardo Anaya durante su primer debate. (Cuartoscuro)

El jueves de la semana pasada se llevó acabo el primero y único debate entre los candidatos a la presidencia del Partido Acción Nacional, Ricardo Anaya y Javier Corral, con duración de una hora, transmitido por el canal de YouTube del partido. Bien vale la pena hacer algunos comentarios de carácter más bien general sobre el tema.

En primer lugar hay que preguntarse ¿por qué un solo debate de una campaña con duración de un mes? De entrada cabe decir que esta severa limitación en la discusión interna va abiertamente en contra de la tradición histórica de Acción Nacional. Si a lo largo de todo el siglo XX hubo alguna organización política abierta al debate, al diálogo intenso y hasta vehemente –si bien siempre respetuoso– de ideas, fue sin duda el PAN.

Esa tradición, típicamente panista, lamentablemente ha perdido vigencia en la última década y media. Ahora, pues es un hecho plenamente constatable, las cosas han cambiado radicalmente y no precisamente para mejorar.

Cuando hace un par de años, previa reforma estatutaria, se estableció que el presidente nacional del PAN y los integrantes del Comité Ejecutivo Nacional –un reducido grupo– se elegirían mediante voto de toda la militancia, fue necesario expedir un nuevo reglamente con las normas del respectivo proceso. Un punto de éste fue el relativo a los debates. El proyecto de reglamento decía que habría “al menos uno”. En el curso de la discusión, me permití proponer al Consejo Nacional que el reglamento dijera que habría “al menos dos” debates de los candidatos a la presidencia.

Para desechar la propuesta, ya se podrá adivinar cuál fue la réplica. Se me contestó por parte de la comisión encargada de elaborar el proyecto que si el texto dice que “habrá al menos uno”, esto significa que podrán ser dos, diez o quince los debates. Que lo importante era que esté la figura en el reglamento. Mencioné entonces que a la luz de lo vivido en los últimos tiempos, a nadie debe sorprende que de este tipo de debates invariablemente habrá sólo uno.

Y no me equivoqué. Da la casualidad de que en los dos procesos celebrados hasta ahora, el primero cuyos contendientes fueron Gustavo Madero y Ernesto Cordero, y el segundo entre Ricardo Anaya y Javier Corral, la comisión organizadora en ambos casos tomó la decisión de que debates hubiera sólo uno. Parece y es poca cosa, no únicamente a la luz de la tradición histórica del PAN sino del legítimo provecho que desde el punto de vista de la exposición pública de la organización, de la difusión de su mensaje político, de su escuela de discusión abierta y libre de su vida interna, lo cual equivale a una magnífica lección práctica de democracia, es verdaderamente una lástima limitar de tal manera el debate en un proceso tan importante como es el relativo al relevo de la dirigencia nacional.

Bien puede programarse uno a la altura de la tercera parte del tiempo que dura la campaña, es decir, más o menos como al décimo día de ésta. Para empezar a dar sabor a la competencia. Y un segundo, al menos, la antevíspera del día señalado para la elección, cuyo propósito será fundamentalmente allegar elementos de juicio a los indecisos.

En términos generales, en el debate del pasado jueves ambos candidatos estuvieron bien. Buena retórica, argumentación precisa, réplicas ágiles y en algunos casos ingeniosas, contundentes. Sin duda a la altura de la tradición panista. Seguramente ningún otro partido está hoy en la posibilidad de realizar un ejercicio similar. Lo que preocupa es que los plumíferos del priismo y la casi totalidad de los columnistas adictos al régimen declararon sin más ganador a Anaya. Y la prensa y escritores críticos a Corral. Muy bien pudiera decirles el primero: “No me defiendan, compadres”. En realidad lo perjudican.

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