Opinión

El Corredor Cultural Chapultepec, un modelo de negocios a prueba

  
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Corredor Cultural Chapultepec

Aún para los empresarios y políticos experimentados, el mecanismo requiere de particular atención para comprenderlo en su total dimensión, pero si el modelo funciona será “el mecanismo” la regeneración sostenible de grandes espacios públicos en todo el país, con flujos intensivos de personas, sin convertirlos en propiedad privada.

El Gobierno del DF ha emitido una concesión para el uso y aprovechamiento limitado de 1.3 kilómetros, desde el paradero de Lieja, hasta la Glorieta de los Insurgentes. Esa concesión no se emitió a un particular, sino a una empresa de participación gubernamental mayoritaria del propio Gobierno del DF conocida como PROCDMX. La concesión afecta una avenida que hoy tiene usos mixtos y que dista mucho de ser lo que los conocedores inmobiliarios llaman “una zona destino”.

Ahora bien, PROCDMX ha aportado esa concesión, junto con los efectos de 156 trámites concluidos, a un fideicomiso privado en el que confluyen los derechos de la concesión y la obligación de un consorcio de aportar y/o “levantar” alrededor de mil millones de pesos de capital. Ese consorcio integrado por Invex y Grupo Acosta Verde, entre otros, es “socio” del gobierno en el fideicomiso y fue elegido en un proceso competitivo en el que ganó porque ofreció, entre otras cosas, mayor participación fideicomisaria a PROCDMX por su aportación.

El fideicomiso privado resultante, a través de un consejo directivo, será quien construya y opere el “Corredor Cultural Chapultepec” que ahora se sabe que contará con tres niveles, alrededor de 62 mil metros cuadrados de espacio público, un sistema de transporte eléctrico y un conjunto de accesos múltiples para maximizar su uso peatonal y cultural.

Los renders muestran un proyecto arquitectónicamente interesante, que respeta y recupera el hoy abandonado acueducto de Chapultepec en los tramos donde aún se sostiene e incluye una serie amplia de espacios comerciales cuyas rentas (no será posible venderlos) se constituirán, si todo sale bien, en los flujos de efectivo para el retorno de la inversión con cierta rentabilidad.

Resistiendo la tentación de opinar sobre mis agrados y desagrados del proyecto arquitectónico que tiene espacio para la mejora en muchos frentes, lo que me interesa resaltar es el fideicomiso como instrumento público-privado para lograr que inversión, no fiscal, ni presupuestal, fluya a un espacio público en mal estado y en el que hoy sólo caminan los que se ven obligadas a hacerlo, y lo convierta en un entorno urbano y comercial ícono, bien vigilado, libre de comercio informal y que mantenga en muy buen estado los andadores peatonales y las áreas verdes resultantes, en el mejor interés del proyecto mismo.

El éxito del Corredor Cultural Chapultepec deberá presumirse no en su anuncio, sino en por lo menos una década cuando, acabada la obra y consolidado el corredor peatonal como un nuevo espacio icónico, se pueda testificar un redimensionamiento en la calidad del espacio público, libre de usos irregulares, y se pueda mostrar un espacio comercial generador de ingresos recurrentes que reporte una tasa interna de retorno de por lo menos 15.6 por ciento para el capital de riesgo y de 12 por ciento para el proyecto como se espera.

Entre tanto, será imposible no enfrentar los efectos de su construcción y la intensidad del natural debate que surge ante una decisión de un uso distinto de “la calle”, especialmente de aquellos que debaten fuerte cuando ésta es ocupada con nuevos proyectos urbanos de primer mundo y misteriosamente callan cuando el mismo espacio se ocupa por la informalidad y el permanente descuido del tercero.

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