Opinión

El chico sobre la caja de madera


 
Aquel adolescente era tan pequeño que tenía que pararse sobre una caja de madera para poder alcanzar los controles de la máquina en la fábrica Emalia.
 
Podría tratarse de uno de los millones de niños que tienen necesidad de trabajar, lo que de suyo no debía ocurrir, pero esta historia tiene peculiaridades inconcebiblemente dramáticas, emotivas y aleccionadoras. Porque el chico era judío; el año, 1945; el país, Polonia; el entorno, la Segunda Guerra Mundial; y el dueño de la fábrica, Oskar Schindler.
 
V&R Editoras acaba de lanzar en español uno de los libros más conmovedores y motivadores en lo que va del siglo: las memorias de Leon Leyson, El chico sobre la caja de madera.
 
 
El texto refleja la grandeza y la pequeñez, la generosidad y la mezquindad, la bondad y la maldad, la debilidad y la fortaleza, la crueldad y el heroísmo que puede alcanzar la naturaleza humana.
 
 
El texto, suave prosa que no necesita estridencias para calar hondo, relata las trágicas experiencias de una familia judía que lo pierde todo menos su convicción de seguir unida y con vida. Y muestra sin retoque a Oskar Schindler, “ese hombre complejo y contradictorio, oportunista nazi, estratega intrigante, valiente, rebelde, héroe”, que salvó a mil 200 judíos de la muerte.
 
 
Parecía que lo habíamos leído todo acerca del Holocausto, pero esta barbarie, que debe permanecer siempre en la memoria del mundo, es un abismo sin fondo. Parecía también que el libro El Arca de Schindler y la película La lista de Schindler nos habían contado todo acerca de este personaje, pero el testimonio de Leyson, que no alcanzó a ver publicado, nos revela reveladores ángulos y nuevas percepciones.
 
 
Leon Leyson tenía nueve años cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, y vivió cautivo de los nazis a lo largo del conflicto, de manera que cuando recuperó la libertad apenas había cumplido quince años. Adolescente, emergió a la vida luego de una larga antesala a las puertas de la muerte.
 
 
Un pensamiento obsesivo lo acompañó durante su cautiverio: moriría asesinado por la última bala que se dispararía en la guerra. “Esa pesadilla se desplegaba en mi mente una y otra vez; en el último día, en la última hora, en el último minuto, con la liberación tan cerca, se acabaría mi suerte.”
 
 
Lo que llamaba suerte no era más que el fruto de su convicción por la vida, que no terminó con la guerra, sino que afortunadamente se prolongó durante más de 60 años, en los que honró la alegría de la libertad, de la enseñanza y del triunfo del valor sobre la opresión.
 
 
La capacidad de la vida para superar adversidades en principio invencibles es una lección que ayuda a dar su verdadera dimensión a los obstáculos que enfrentamos en nuestra existencia. Si se puede sobrevivir a condiciones de extrema crueldad y desamparo, hay que ponerse en pie ahora mismo y acometer los sueños más altos, porque cualquier anhelo está al alcance de la voluntad y la persistencia.