Opinión

El Chapo, el narco de nuestra democracia

 
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El Chapo, a estas alturas, es ya un mito. Una historia imaginaria que altera las cualidades de una persona y les da más valor del que tienen. Los mismos gobiernos (Fox, Calderón, Peña) que lo persiguieron se han encargado de alimentar el mito. ¿Tenemos, como sociedad, elementos para tratar de ir más allá de la leyenda?

Sobre El Chapo se han publicado más libros que de los últimos presidentes juntos. De todo tipo: novelas (El más buscado, de Alejandro Almazán; El Chapo, varón de la droga, de Andrés López López); reportajes sobre su organización (El Cártel de Sinaloa, de Diego Enrique Osorno; El cártel incómodo, de José Reveles; El imperio del Chapo, de Rafael Rodríguez Castañeda y Proceso); biografías (Joaquín Guzmán, The Chapo, de Nikol Vega; El último narco, de Malcolm Beith; El Chapo, Biography of a Millonaire Fugitive, de James Bush); extensas investigaciones sobre las redes de narcotraficantes en la que está inscrito (Los señores del narco, de Anabel Hernández; El narco, de Ioan Grillo; Chapo, el señor del gran poder, de Rafael Rodríguez Castañeda); libros sobre sus escapes (La fuga del Chapo, de Raymundo Riva Palacio; Marca de sangre, de Héctor de Mauleón; El Chapo, prófugo de la justicia, de Eduardo Barraza; ¿Por qué siempre se fuga El Chapo?, de Javier Muñoz Téllez; El Chapo, entrega y traición, de José Reveles), y otros meramente anecdóticos (Historias de muerte y corrupción, de Julio Scherer García).

No el gobierno mexicano, sino las fuerzas militares de Guatemala, lo capturaron en 1993. Ocho años le bastaron para controlar el penal de Puente Grande hasta su fuga en 2001. Anabel Hernández en Los señores del narco, libro en el que conviven la investigación rigurosa y valiente con pasajes de pura imaginación, afirma que Vicente Fox “habría recibido un soborno de 40 millones de dólares a cambio de brindar protección política en la fuga de El Chapo”. Esta afirmación, y otras tantas, le valió a la reportera descalificaciones sin fin. Pero algo no muy distinto afirmó Julio Scherer, pilar del periodismo mexicano, cuando escribió que el gobierno de Fox “le había regalado la libertad al gran capo del crimen organizado”.

El ejemplo anterior es revelador. Una audaz reportera y el decano del periodismo nacional afirman la complicidad del gobierno foxista con el capo. ¿Alguien indagó con seriedad este vínculo? Otro tanto se dijo, durante el gobierno de Calderón, respecto a la estrategia seguida por ese gobierno: que parecía golpear a los rivales del Cártel de Sinaloa (los Arellano Félix, los Beltrán Leyva, los Zetas), y que no se esforzaba por aprehenderlo. La supuesta estrategia consistía en fortalecer a un grupo delictivo hasta volverlo dominante para entonces poder negociar con él, ante la imposibilidad de hacerlo con un archipiélago de cárteles. ¿Fue real ese trato privilegiado? Ninguna investigación a fondo parece avalarlo.

Por el contrario, está documentado que el origen de las versiones fueron las narcomantas que los grupos rivales de El Chapo exhibieron como parte de su estrategia mediática. De las narcomantas la información pasó a la opinión pública como verdad revelada. En vez de comprobarlo o desmentirlo, periodistas de renombre se encargaron de propagarla.

Así se fue construyendo el mito, a base de golpes de desinformación. Ni el gobierno informa verazmente ni el periodismo de investigación está haciendo bien su trabajo. ¿Qué nos queda?

La leyenda de El Chapo (el narco omnipotente y ubicuo) nace en 2001 con su primera fuga. Los 12 años que se mantiene prófugo son los años de la (mal)formación de nuestra democracia. El mito de El Chapo es, así, un mecanismo de compensación social, un asidero ante el Estado en fuga. A la disminución de la fuerza del Estado corresponde el crecimiento y auge del narcotráfico. ¿Qué fue lo primero que hizo El Chapo luego de fugarse del penal de Puente Grande? Reunió a una veintena de capos para formar La Federación esto es, un intento nostálgico por reconstruir la hegemonía que durante mucho tiempo funcionó bajo la férula de Miguel Ángel Félix Gallardo, capo emblemático del priismo. Este intento hegemónico fracasó y fue seguido por la fiesta de las balas y la sangre que todos conocemos.

El mito ya se forjó, y luego de su segundo escape, está fuera de control.

Nos corresponde tener claro al personaje: un criminal sanguinario. Su organización, una amenaza. La forma de combatir el mito es con información fundada. Exigir al gobierno transparencia y a nuestro periodismo un mayor compromiso con la verdad.

Twitter:@Fernandogr

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