Opinión

'El Chapo': Caleidoscopio

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Joaquín Guzmán Loera

Comparar a El Chapo con Osama Bin Laden es una desmesura que sólo puede ocurrir del otro lado de la frontera. Janet Napolitano, entonces secretaria de Seguridad Interior, señaló a principios de 2012 que el destino del Chapo sería, finalmente, similar al de Bin Laden, aunque precisó que se refería a su captura y no necesariamente a su muerte.

El hecho es que ahora, después de la fuga, El Chapo figura en la lista de los delincuentes más buscados por EU y es seguro que la Casa Blanca no descansará hasta verlo recapturado o muerto.

En México, sin embargo, las cosas se ven diferentes. El Cártel de Sinaloa no es un convento de las ‘Hermanas de la Caridad’. Pero ha sido mucho menos violento que otros cárteles. Menciono a los emblemáticos: los Zetas y los Templarios, que hicieron del secuestro, la extorsión, el derecho de piso y la violencia indiscriminada contra la población su santo y seña.

Dicho eso, es muy probable que el ‘bloque de búsqueda’, comandado por EU, termine por aprehender o matar a Guzmán Loera. Lo que será registrado, por la DEA y la Casa Blanca, como una gran victoria.

Para México, sin embargo, no habrá mayores beneficios, como no sea que el gobierno federal recobre la compostura. La crisis del sistema de impartición y procuración de justicia, por ejemplo, no sufrirá ninguna sacudida o cambio por la recaptura. Y tampoco habrá efectos sobre el desastre del sistema carcelario o el estado lamentable de los cuerpos policiacos.

Pero independientemente de eso, lo cierto es que la fuga de El Chapo puso al gobierno federal contra la pared por tres razones: es el criminal más buscado por EU; es la segunda vez que se fuga; en ambas ocasiones fue la corrupción la que permitió su huida.

Porque hay un hecho indiscutible: por más ingeniosa y costosa que haya sido la construcción del túnel, la clave del éxito estuvo en la complicidad de las autoridades que cerraron los ojos y los oídos. Los testimonios y pruebas de esto sobran. Sin embargo, para vergüenza nacional, sólo hay tres personas detenidas –de bajo rango– y ni una sola renuncia de altos funcionarios.

Por eso la fuga de El Chapo nos remite a la observación que hizo el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, en su última visita a México. El crimen organizado corrompe según el viejo principio: plata o plomo. A lo que hay que agregar un dato capital: la cantidad estratosférica de recursos con que cuenta el Cártel de Sinaloa para comprar voluntades.

Este punto debe ser subrayado: La capacidad de corrupción del crimen organizado no deriva de la debilidad humana o institucional, sino es consecuencia directa de los enormes recursos, prácticamente ilimitados, que, a su vez, son efecto de la estrategia prohibicionista que multiplica los niveles de utilidad por tres mil o cuatro mil por ciento. Así que hay que ser claros: mientras esa correlación persista, no habrá ley ni institución capaz de contener la corrupción.

Lo anterior no se entiende ni se evalúa del otro lado de la frontera. Sus prioridades y objetivos son detener el mayor número de capos y desmantelar tantos cárteles como sea posible, aun a sabiendas de que no sólo no se solucionará el problema, sino que puede empeorar. Los ejemplos sobran, pero menciono el más próximo e ilustrativo: la muerte de Ignacio Coronel, en 2010, que dio pie al surgimiento y consolidación del Cártel Jalisco Nueva Generación, con la consecuente espiral de violencia e inseguridad en Guadalajara.

Por lo demás, no hay indicios que la detención de El Chapo haya debilitado o desmantelado al Cártel de Sinaloa. Así que no hay por qué suponer que su recaptura o muerte vaya a traducirse, necesariamente, en el desmembramiento de esa organización.

Vale, pues, recordar el dicho, tantas veces repetido, de Juan Manuel Santos: una guerra que no se ha podido ganar en 50 años es una guerra perdida. Pero cuyos costos en vidas humanas y debilidad institucional seguiremos pagando nosotros, indefinidamente, hasta que la estrategia prohibicionista se modifique.

Twitter: @sanchezsusarrey

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