Opinión

El Chapo: barbas a remojar

Gerardo René Herrera Huízar

La era del último capo mexicano más buscado llegó a su fin. La recaptura de Joaquín Guzmán Loera es sin duda, el éxito más representativo de la actual administración federal en su nueva estrategia contra el crimen, que ha diferido, al menos en manejo mediático, de la seguida por el gobierno precedente, cuyo titular, dato curioso, fue el primero en expresar, aunque de manera imprecisa, sus felicitaciones a las autoridades mexicanas por el hecho.

El más buscado narcotraficante mexicano deberá enfrentar, sin duda nuevos cargos, entre ellos el de la propia fuga, amén de los que haya acumulado en los últimos 13 años de actividad criminal y no sólo en México. Quizás hoy podremos conocer la realidad sobre las condiciones de su huida del penal de Puente Grande y los actores que intervinieron para ponerlo en el carrito de lavandería. Podremos escudriñar el pasado para esclarecer, con elementos de primera mano, algunos oscuros episodios como el del asesinato del cardenal Posadas. Nuestros servicios de inteligencia contarán con una fuente prolija de información privilegiada para ahondar en el conocimiento de las estructuras criminales, sus nexos en el exterior, sus métodos y procedimientos y, particularmente, sus indispensables redes de protección.

“El Chapo” es por sí mismo una pieza importante en el tablero del crimen, génesis de la violencia inaudita que ha padecido México durante la última década, pero definitivamente, su reaprehensión no significa, por el simple hecho, la extinción del fenómeno, en tanto la amplia estructura de la que forma parte siga intacta.

Ninguna actividad criminal, lo hemos expresado repetidamente, puede adquirir las dimensiones que hoy alcanza el narcotráfico y actividades ilegales asociadas, si no cuenta con la protección o al menos tolerancia de alguna autoridad. Desentrañar la madeja, el complejo entramado en que se ha convertido la delincuencia en nuestro país, es una ardua tarea, cierto, pero esta se facilita cuando se dispone de información confiable, precisa y oportuna. El nuevo inquilino de Almoloya representa, en la práctica, una rica veta, si se le explota adecuadamente. Bajo el principio de “continuidad en la acción”, con toda certeza, las fuerzas del orden ya afinan la puntería hacia otros relevantes objetivos derivados de este último.

Con frecuencia se recurre a la metáfora de la hidra, para interpretar el crecimiento que ha tenido la criminalidad asociada al narcotráfico, se corta una cabeza y se reproducen siete, justificando así su expansión. Los barones de la droga de hoy, son, claro está, los herederos de la industria criminal fundada por sus antecesores, pero poco se recurre al análisis de sus patrocinadores, raíz misma del éxito de su empresa.

Haciendo memoria, encontramos en las historias del narco en México personajes como Pedro Avilés, Félix Gallardo, Aguilar Guajardo, Juan Guerra, García Ábrego, Palma Salazar, Don Neto, El señor de los cielos, El metro, Díaz Parada, Osiel Cárdenas, el recién liberado Caro Quintero, El cochiloco, Lazcano y una larga lista de, en su momento, “los más buscados”, a muchos de los cuales se les atribuyen nexos con personalidades públicas del ámbito político o de seguridad.

El éxito logrado por el gobierno de la República con la recaptura de Guzmán Loera brinda la oportunidad de transformar la dinámica, de ampliar el espectro y fortalecer la estrategia, si se explota correctamente la información que el capo posee, para evitar que la hidra se reproduzca.

Seguramente, el huésped del penal del altiplano tiene mucho que aportar y habrá quienes ya debieran tener sus barbas en remojo, lo que sigue es cuestión de voluntad.