Opinión

El caudillo

 
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AMLO

La idea de que un solo individuo es capaz de poseer las cualidades necesarias para guiar a una nación entera hacia un destino determinado, es lo que en ese pensamiento mágico colectivo impulsa la creación de la figura del caudillo. Es ésta la persona poseedora de cualidades excepcionales que lo hacen acreedor al título de líder indiscutible de una agrupación política y luego de un país entero. Los atributos carismáticos del líder sustituyen toda necesidad de recurrir a instrumentos democráticos para la toma de decisiones. Él lo sabe todo y por lo tanto decide sobre cualquier asunto que considere de su incumbencia.

Las experiencias de caudillos en el ejercicio de poder han sido históricamente catastróficas por el hecho de que su excesiva concentración de fuerza y su prolongada permanencia al mando de un gobierno han derivado en crisis económicas recurrentes y como consecuencia, en el empobrecimiento de sus respectivas sociedades. Y es éste el miedo que genera fundamentalmente en las clases medias y altas el ascenso de caudillos como Andrés Manuel López Obrador en nuestro país. No se trata sólo de su desprecio por la modernidad democrática, sino más que nada el culto a la personalidad que ha logrado mantenerlo como una opción ganadora en 2006 y 2012.

La estrategia del caudillo tabasqueño le ha dado resultados buenos, que le han permitido estar a punto de alcanzar en dos ocasiones la presidencia de la República. Sin embargo, ha sido precisamente su debilidad por el discurso violento, excluyente y abiertamente legitimador de su figura autoritaria, lo que lo ha vuelto el candidato perdedor a la hora que el votante tiene que optar por él como la opción ganadora en la elección presidencial. A pesar de que los momentos de moderación del caudillo le han proporcionado un amplio apoyo en distintos sectores sociales, sólo ha sido necesario confrontarlo con su formación ideológica sustentada en el anacrónico nacionalismo revolucionario priista, para que reaccione descalificando cualquier posición que pudiese cuestionar esos principios.

Su ruptura con el PRD, y su radicalización al vincularse con la CNTE y otros grupos extremistas juega en su contra, aunque paradójicamente AMLO logra desconectarse de estos negativos a la hora que se presenta como una opción para gobernar el país en 2018. Y es por ello imprescindible la permanente confrontación de ideas y proyectos concretos con quienes aspiran a gobernar México dentro de dos años. Si la postura de López Obrador es la de cancelar el TLC con Estados Unidos y Canadá, echar abajo las reformas educativa y energética entre otras, debería de ser cuestionado una y otra vez sobre las consecuencias que esto traería a una economía mexicana altamente interconectada con el resto del planeta.

En el fondo el discurso nacionalista de López está en línea con el proteccionismo a ultranza de Trump, y con la propuesta aislacionista de los impulsores del Brexit cuyo objetivo final es destruir la Unión Europea, para regresar al viejo modelo de Estados nacionales cerrados y generadores de una riqueza limitada, así como de graves conflictos nacionales imposibles de ser resueltos por la vía pacífica. Sin duda alguna, la propuesta del caudillo tabasqueño, como la de todo caudillo, es regresiva y dañina para una democracia como la mexicana, que a pesar de sus deficiencias, errores y carencias, es mucho mejor que el retorno al pasado autoritario y excluyente.

La magia del caudillo redentor no existe, es únicamente el deseo anhelado de soluciones rápidas que no sucederán, pero que sí hacen peligrar lo que hasta ahora se ha alcanzado y que es mucho a pesar de lo que las percepciones temporales indiquen. El riesgo es perderlo todo por la falsa propuesta de un político dispuesto a llegar al poder de una u otra forma. Ese es el tema.

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