Opinión

El caso del jerarca escocés confirma existencia del lobby


 
La magnitud de los escándalos en el Vaticano es tan grande e inocultable que sigue persiguiendo a Benedicto XVI, después de que anunció su renuncia el 11 de febrero y sólo a 4 días de que esta se haga efectiva, justo al emitir las últimas bendiciones de su pontificado con motivo del Angelus en San Pedro. Esta situación, sin duda, será la misma que enfrentará durante su retiro en los palacios de Castel Gandolfo y Mater Ecclesiae.
 
De entrada, el caso del cardenal Keith O'Brien, jefe de la iglesia de Escocia y máxima autoridad católica del Reino Unido, confirmaría la existencia de influyentes lobbies internos que la semana pasada destaparon los diarios Corriere della Sera, La Repubblica y The Irish Times, al reportar que el papa de origen alemán decidió dimitir tras conocer el informe preparado por 3 cardenales, en el que se establece que dichos grupos 'rompen consistentemente' el sexto y el séptimo mandamientos, 'no cometerás adulterio' y 'no robarás', respectivamente.
 
O'Brien, de 74 años, se había distinguido por su rechazo a los homosexuales. En 2012 arremetió contra la campaña para legalizar los matrimonios del mismo sexo en Gran Bretaña, al considerarlos la 'subversión grotesca de un derecho humano universalmente aceptado', si bien tampoco puede descartarse que el momento en que se hacen públicas sus desviaciones corresponda a la necesidad de asestarle un golpe bajo, para dejarlo fuera del cónclave que elegirá en marzo al sucesor de Joseph Ratzinger.
 
Apenas el viernes O'Brien había afirmado a BBC que llegó el tiempo de pensar en un papa no nacido en Europa, por lo que estaría abierto a la posibilidad 'si creo que es el hombre adecuado, ya sea de Asia, de África, o de cualquier otro lugar'. El Vaticano criticó a la prensa ayer por aseverar que el cónclave podría adelantarse, pero lo cierto, recordó The Washington Post, es que en Estados Unidos diversas organizaciones se han movilizado para impedir que Roger Mahony, exarzobispo de Los Ángeles, participe en la votación de la cúpula eclesiástica por el encubrimiento de religiosos pederastas en los años ochenta.
 
Ceniza
 
Por cierto, Benedicto XVI aludió en su homilía del Miércoles de Ceniza a 'los pecados contra la unidad de la iglesia' y 'las divisiones en el cuerpo de la iglesia', con tal vaguedad que no contribuye a aclarar los problemas que estallaron en su gestión, señala The Huffington Post. Así resulta difícil no darle la razón a especialistas como Frances Kissling, titular del Centro para Política Social, Ética y Salud de EU, quien subraya que 'un nuevo papa no cambiará nada. Ni una mujer, ni un africano, ni un latino, ni una cara agradable; de hecho, si algo fuera a cambiar, lo primero que se necesita es que no haya un papa, ciertamente no uno que sea infalible. La infalibilidad, única del catolicismo, no sólo condujo al despotismo interno, sino también al intento de imponer todo lo que ha dañado a las católicas'.
 
Al coincidir con el dramaturgo John Patrick Shanley, quien sostiene que con Benedicto XVI 'la iglesia recibió al papa que se merecía', Kissling, directora de Católicas por el Derecho a Decidir (1982-2007), capítulo Estados Unidos, recuerda que la oposición tajante del Vaticano al control natal es en gran parte culpable de la epidemia de Sida y de los elevados índices de mortalidad maternal en África; pese a ser un intelectual, dice, el papa buscó enfrentarse con el islam y aunque tuvo conocimiento por años de los problemas de corrupción y finanzas irregulares de la Santa Sede, acabó exhibido en el escándalo Vatileaks filtrado por su mayordomo, Paolo Gabriele (el papa ordenó investigar a los cabildos secretos en 2012, cuando sus documentos personales llegaron hasta la prensa).
 
Lo que prevalece en la iglesia norteamericana tras la dimisión de Benedicto XVI, añade Kissling en The Nation, es el pesimismo y la apatía. Lo prueba, pese al golpe mediático de la pederastia, el escaso apoyo que a fin de cuentas han obtenido agrupaciones reformistas como Voz de los Fieles, surgida en medio de las denuncias contra el cardenal Bernard Law en Boston. Su objetivo era mejorar la prevención de los abusos y transparentar las finanzas del clero, alcanzando 10 millones de miembros, sobre 64 millones de católicos en EU; sólo 50,000 se le unieron.