Opinión

El Bulldozer, hacia la impunidad


 
De haber superado el coma, Ariel Sharon despertaría hoy frente a un escenario regional que no ha cambiado mucho del que vivió hace ocho años. Sin embargo, las esperanzas de paz que abrió su salida unilateral de Gaza se derrumbaron con la sanguinaria ofensiva Plomo Fundido de 2008-09, que confirmó la reducción de la franja mediterránea a un territorio separado de Cisjordania y bajo sitio perpetuo, mientras la sociedad israelí radicalizó su vuelco a la derecha con el regreso al gobierno de Benjamin Netanyahu.
 
A sus 77 años y en el apogeo de su poder, Arik Sharon al parecer había comprendido los límites de la fuerza bruta y del extremismo que fueron su emblema, sobre todo en la masacre de Sabra y Shatila de 1982, cuando Israel invadió Líbano para exterminar a la Organización para la Liberación de Palestina. Muerto el rais Yasser Arafat –sus deudos ahora sostienen que fue envenenado– y rumbo a una victoria electoral segura, sorprendió con la “desconexión” de Gaza retirando a 8 mil colonos que lo llamaron traidor, además de impulsar, con apoyo de Shimon Peres, la creación del partido moderado Kadima (Adelante) ante los excesos de Netanyahu y del Likud.
 
Suicida

 
Pero no caigamos en el falso debate sobre las intenciones del viejo general, que después de todo consideraba que el plan de William Clinton para el Estado palestino “sería suicida para Israel” y que con el “muro de seguridad” se apropió de 8.5 por ciento de Cisjordania, donde hizo todo lo posible para alentar la colonización hebrea.
 
 
Lo cierto es que Sharon, tras este largo periodo en el limbo, “pereció sin enfrentar a la justicia por su papel en la masacre de cientos y quizás de miles de civiles por las milicias libanesas en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila”, como ha recordado Human Rights Watch y aceptó, en su momento, la comisión investigadora israelí que pidió la destitución de El Bulldozer.