Opinión

El avance de la antipolítica

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A Donald Trump no le importa si su partido lo apoya. (Reuters)

La aparición de movimientos antiestablishment en el mundo se está volviendo una costumbre. Tal vez desde Syriza en Grecia, con el triunfo de lo que parecía un frente populista antieuropeo y antibanca internacional, se desmantelaba un gobierno completo además de un supuesto régimen de acuerdos y negociación.

Hemos visto el creciente peso que Podemos gana en España, ahora frente al escenario de nuevos comicios generales el 26 de junio, donde la fuerza popular de izquierda ha concretado ya una alianza con Izquierda Unida, conformando el primer pacto electoral para las siguientes elecciones.

Pero si seguimos con atención el fenómeno Trump en Estados Unidos, es algo muy semejante. Es la manifestación abierta, pública, de un rechazo consistente a los políticos tradicionales y a los partidos de siempre.

Por ello estas fuerzas se convierten en válvulas de escape de una democracia desgastada, incapaz de generar nuevas propuestas, de renovar postulados y reinventar mecanismos de participación ciudadana, de discusión de iniciativas, de búsqueda de soluciones.

Trump ha conseguido su aplastante victoria sobre el aparato republicano en las primarias americanas, basado en apretar los botones del resentimiento y del desprecio, de los muros divisorios y los empleos perdidos en un mundo de libre comercio y de competitividad global. El discurso de Trump, repleto de ignorancia y plagado de lugares comunes, conecta y hace sentido con decenas de miles de ciudadanos norteamericanos que buscan a un enemigo externo como responsable de su economía maltrecha. Son los migrantes, buena parte de ellos mexicanos, son los acuerdos de libre comercio, es China con quien por cierto suele ser más cauteloso.

De fondo, es un extendido sentimiento antipartidos que se multiplica por el mundo como epidemia política.

Ganan adeptos y simpatizantes, aquellos quienes critican y lanzan encendidas diatribas contra los gobiernos y los partidos convencionales. Incluso, conquistan posiciones de gobierno, como en Grecia, aunque después no sepan qué hacer con ello.

Cambiar las reglas del sistema es algo que no le vendría mal a las democracias occidentales, modificar la rendición de cuentas, la transparencia, el combate a la corrupción. Pero además, la formulación de soluciones. El partido neonazi de Suecia ha conquistado el tercer lugar en los últimos comicios, con un discurso radical de ultraderecha en un país de libertades e igualdad. ¿Por qué?

La antipolítica, o por lo menos, la retórica de la antipolítica, avanza por el mundo sin una auténtica propuesta alternativa.

El riesgo de Trump no es su discurso incendiario y absurdo –que por cierto ha causado enormes divisiones y confrontaciones en Estados Unidos– sino su incapacidad para reinventar formas que generen empleos, hagan crecer la economía, fortalezcan los lazos internacionales y estrechen los acuerdos comerciales. Trump es el pasado, como lo fue Syriza en Grecia al declarar la insolvencia.

No pagar no es la solución, sino buscar cómo mejorar la derruida economía griega. Es fácil decir que los bancos y la Unión Europea los han explotado, el problema es cómo se rediseña la productividad de un país para hacerlo competitivo. Eso es lo que Trump no sabe, porque el muro don Donald no sirve de nada.

El caso de Podemos en España gana simpatizantes porque señala el desgaste de un PP viejo, acabado, sin propuesta y de un PSOE que ha sido incapaz de reinventarse. Insisto, eso es lo fácil, el problema es proponer, innovar, relanzar la economía.

¿Quién va a tener la entereza de decirle a los españoles o a los griegos que gastaron en exceso?, que por momentos pensaron, con las cuotas y la inversión europeas, que su economía era la de Francia o de Alemania, pero la realidad siempre se impone y el estado social europeo hoy está bajo severo escrutinio.

En Gran Bretaña surgen figuras representantes de esta antipolítica, con los promotores del Brexit y el rompimiento de los acuerdos europeos.

La política como mecanismo de construcción social de acuerdos y soluciones a problemas comunes puede seguir teniendo vigencia, siempre y cuando los aparatos que la ostentan y quienes se la apropian cambien, se flexibilicen y logren mayores niveles de transparencia.

Los partidos, veamos al mundo, no son clubes exclusivos de iluminados que fijan el rumbo de las sociedades; debieran ser espacios de construcción de propuestas, de conciliación social, de elaboración de proyectos de avance social. Hay señales claras, de que han dejado de serlo.

Twitter: @LKourchenko

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