Opinión

El arte vs el Mundo del arte

 

En 1964, Arthur C. Danto (filósofo del arte) publica The Artworld en el Journal of Philosophy. Resulta que este texto inaugura el término mundo del arte, frase que utilizamos tan recurrentemente perdiendo de vista su dimensión histórica y que transformó totalmente nuestra relación como espectadores con las obras.

Cuando Danto se topó con las Brillo Box de Andy Warhol, en la Stable Gallery de Nueva York, tardó en discernir si eran cajas reales de detergente o reproducciones de éstas. Como filósofo y esteta, Danto identificó un problema en los lenguajes artísticos que ya tenían un precedente en el cubismo y con los ready mades de Duchamp. Esto es la no-imitación de objetos, texturas, materiales, sino colocar el objeto en sí; presentarlo en lugar de representarlo.

¿Cómo es que los objetos cotidianos se elevan a la categoría de arte? Más allá: ¿Qué es arte? ¿Cómo diferenciamos una caja de detergente que compramos en un supermercado de una obra de arte que es exactamente igual a dicho producto? Es como si el mundo fáctico se desdoblara en otro mundo, igual en apariencia pero con valores y significados distinto.

Definir qué es arte fue un problema desde principios del siglo XX. Con el proceso de su purificación y autonomía, el arte estaba atrapado (filosóficamente) entre lo que era y lo que debía ser.

El “Mundo del arte” es el concepto que establece Danto para terminar con la incertidumbre de la definición. Será arte todo lo que se engloba en una determinada dimensión contextual. Es decir, es el contexto histórico-cultural, la teoría que lo sustenta y toda la atmósfera resultante de eso. Toda la red de personas, instituciones y conocimientos.

Claro que Danto tuvo y tiene sus detractores, por la institucionalidad de su teoría: lo que está fuera de ese mundo, simplemente no es arte. Aunque teóricamente se “solucionó” un problema, al público le generó otro. Para poder apreciar el arte es necesario entonces tener un conocimiento genealógico previo para poder entenderlo: o sea, la nacionalidad y escuela del artista, movimientos e historia del arte. Eso provoca una intelectualización de nuestro acercamiento a la obra porque, aunque suene romántico, ella tendrá que hablar por sí misma.

Nuestra experiencia estética está demasiado intelectualizada hoy en día. Las obras de arte no sólo viven en su mundo; hay que sacarlas, a través de la contemplación y las reflexiones que de ella vienen, para poder hacerlas parte de nuestros propios mundos individuales.