Opinión

El arte de recortar

 
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El arte de recortar.

La semana pasada se celebró en la Ciudad de México la tercera edición del Premio Iberoamericano de Cine Fénix, que distingue a lo mejor de la producción regional, y durante 10 días realiza proyecciones de las películas nominadas en salas, funciones al aire libre, talleres, conversaciones con profesionales y encuentros entre representantes de la industria. Los premios y sus actividades son organizados por Cinema 23, una asociación para la difusión del cine de América Latina, España y Portugal, que está compuesta por más de 750 profesionales de las diversas ramas que integran el quehacer cinematográfico.

Los Fénix representan mucho más que una alfombra roja y una premiación a las mejores producciones de nuestra región, son un evento que nos pone en el mapa internacional del cine, por el nivel de producción y de organización que supone, pero sobre todo porque hace visibles nuestras historias, no sólo al resto del mundo, sino a nosotros mismos. Qué paradoja, que poco antes de que el joven Premio Fénix se afianzara como uno de los más importantes de Iberoamérica, se anunciaron importantes recortes presupuestarios por parte del gobierno a iniciativas cinematográficas, como los Fénix, Ambulante, el Festival de Morelia, la Academia, el Imcine, y otros más.

Ambulante organiza desde hace 10 años giras de documentales por localidades de gran parte de la República que generalmente no tienen acceso a este tipo de temas: género, libertad, racismo, y siempre buscando impactar positivamente a la audiencia. Además, ha creado Ambulante Más Allá, un proyecto de capacitación en comunidades que tienen poco acceso a estas herramientas, para que puedan contar sus propias historias desde una perspectiva cultural y estética propias. El objetivo es ayudar a esas comunidades a recuperar su identidad, reivindicar sus derechos, romper estereotipos, transformar los imaginarios sociales negativos, además de fortalecer la organización y participación comunitaria por medio de la realización de estos documentales. La labor del Festival de Morelia, o de la Academia, y de otras instituciones afectadas, es igual de titánica e imprescindible.

El cine es probablemente la herramienta de representación más importante de nuestra época, es aquella que le permite a la gente reconocerse en una pantalla, y que crea dilemas estéticos, morales y culturales que influyen a los espectadores, al punto de poderse convertir en un arma ideológica, como lo es el cine americano que los programas regulares de las salas comerciales de cine nos instan a ver. Como dice el gran cineasta británico Ken Loach: “Todo el cine es político. Incluso esas películas de superhéroes son increíblemente políticas: defienden la idea de Estados Unidos como una nación heroica, y defienden la jerarquía social dominante”.

Los profesionales de la cultura siempre nos enfrentamos a la engorrosa –y muchas veces vana– tarea de educar a nuestros gobernantes y recordarles que la cultura es importante. Constantemente somos testigos de reducciones presupuestarias a favor de iniciativas poco importantes; descubrimos que museos son nombrados según compadrazgos, nos vemos acechados por los tratos preferenciales, por la burocracia, el papeleo, y padecemos un autoritarismo que nace muchas veces de la falta de criterio y de visión. El hecho de que muchos de nuestros dirigentes hayan llegado al puesto que ocupan con tan poco barniz cultural no sólo no habla bien de ellos, sino que implica que le retiran al arte –lo mismo sucederá con la ciencia y el deporte– su potencial de transformador humano.

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