Opinión

El arte de preguntar

      
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Preguntar, Vale Villa. (Schutterstock)

En 1990, la sociolingüista Deborah Tannen escribió “You just don´t understand” (“Simplemente no entiendes”), un libro para el gran público sobre un tema no tan popular, que hasta entonces había sido confinado al ámbito académico: Género y lenguaje.

Los estudios de género y lenguaje investigan la intersección entre género, lenguaje, cultura e identidad. También analizan las formas opresivas de comunicación entre hombres y mujeres que son en parte, causa de la falta de comunicación.

Tannen afirma que para los hombres, el objetivo de la conversación es negociar “su estatus y jerarquía social o preservar su independencia. Para lograrlo, los hombres muestran conocimientos, habilidades y son protagonistas de la conversación contando historias, haciendo bromas o dando información”.

Las mujeres usan la conversación “para establecer conexiones, enfatizando similitudes y coincidencias. También intentan reducir la incertidumbre en las conversaciones haciendo preguntas”.

Los hombres en general hacen muchas menos preguntas que las mujeres. Preguntar puede ser interpretado como una señal de debilidad o de ignorancia. Preguntar abre la puerta para que también nos pregunten cosas, lo que puede ser atemorizante. Algunas mujeres hacen muchas preguntas y parecen investigadoras o periodistas.

“Actuamos los roles de género en un continuo de características masculinas y femeninas, así que estamos implicados en nuestro propio proceso de apropiación de género y de atribución de género a los otros. En el campo del género y el lenguaje, se usa el término ´hacer género´. Puede decirse que a lo largo de la vida, audicionamos para participar en una obra en la que interpretaremos el papel de hombres o de mujeres. El género es algo que hacemos, no algo que somos” (Bergvall, 1999; Butler, 1990).

Desde los primeros años de la formación, somos condicionados, empujados y obligados a comportarnos de formas aceptables para que género y sexo estén alineado, para lograr así la aceptación de la comunidad. Las expectativas culturales son una fuerza bruta que oprime las vidas de las personas, pero puede repelerse, buscando modos originales y más libres de actuar lo que somos.

Mostrarse realmente interesado en preguntar y en escuchar las respuestas es una habilidad que pocas personas dominan y que es una capacidad poderosa en la construcción y consolidación de vínculos cercanos y gratificantes.

La clave de las relaciones es la reciprocidad. Hombres y mujeres deberían preguntar y responder en iguales proporciones. La calidad de las preguntas es más importante que la cantidad: cuando alguien nos pregunta algo que nos conmueve o que toca aspectos importantes de nuestra personalidad o biografía, es posible que empecemos a sentirnos mucho más cerca de esa persona que se interesa en nosotros.

Quartz.com propone algunas reglas para aprender el arte de preguntar. En un mundo mejor, aplicarían por igual a hombres y mujeres:

1. Fijarse en las claves sutiles que la gente da al conversar: a veces alguien muestra señales claras de querer hablar sobre algo pero por no ser intrusivos, nos guardamos la pregunta.

2. Ser auténticamente curioso: lo natural es preguntar sobre las cosas que nos interesan. Hablar sobre algo que nos apasiona es clave para tener una gran conversación.

3. Dejar de lado la agenda: deberíamos enfocarnos menos en dar una buena impresión y más en tener una conversación disfrutable e interesante.

4. Reflejar el estilo para preguntar de su interlocutor: casi involuntariamente hacemos esto con la gente que nos interesa.

5. Pensar en las preguntas como una fuente de fuerza: pueden usarse para mostrar interés, hostilidad o poder.

Las preguntas son poderosas, por eso hay que usarlas más y mejor.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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