Opinión

El arte de negociar… en la política

31 enero 2017 5:0
 
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ME Trump y el dólar. (Especial)

Se necesitaría realmente vivir en los EEUU para entender quién es su nuevo Presidente, un personaje que se ha caracterizado por haber participado en actividades tan disparatadas como la lucha libre, el cine o la comedia, o tan serias como la política…hasta la Casa Blanca. Pero en la imagen colectiva que nuestros vecinos se han formado de Donald Trump, predomina su trayectoria como empresario. Él es en sí mismo una “marca”, un signo distintivo que sirve para identificar a su actividad preponderante, la de los bienes raíces, pero que se expande a otros productos, dos de los cuales lo dibujan de cuerpo entero: su libro “El Arte del Trato”; y la serie de televisión que protagoniza como él mismo, “El Aprendiz”.

Una rápida hojeada a la introducción de su libro nos demuestra cuál es su verdadera pasión: la de discutir y negociar, encontrando en ese proceso su meta u objetivo último y su razón de ser, que se superpone al de hacer dinero, el objetivo que perseguiría cualquier empresario como común denominador.

En su libro destaca su fórmula personal de negociar, la estrategia de debilitar agresivamente al contrincante, a quien aplasta cuando es débil o con quien negocia cuando se defiende, pero de quien siempre, invariablemente, debe obtener algún beneficio (tomemos nota de su ideología).

La agresividad en el arte de la negociación es una característica personal del empresario que llevó a la televisión en su propio programa, un “reality” en el que recluta a jóvenes deseosos de trabajar, a quienes impone retos o tareas que, de verse cumplidos con especial habilidad, puede conseguirles una vacante bien remunerada en sus empresas. La nota distintiva del programa nunca se halló en la contratación de sus participantes, sino en la arrogancia con la que al final de cada capítulo, su protagonista advertía sus incapacidades y los corría, diciéndoles agresivamente “estás despedido”.

Donald Trump ha sido un empresario acostumbrado a regatear inescrupulosamente con un propósito personal incuestionable: ser famoso. Se trata así de un “bully”, de un aprovechado, que cae ante la adulación y que persigue el engrandecimiento de su propia imagen. Sí, también un narcisita.

El antagonismo que él mismo construyó para estar en boca de todos, contra el Presidente Obama, de quien siempre cuestionó su origen nacional, lo colocó quizá inesperadamente en una contienda política para llegar a la Casa Blanca; un propósito que probablemente jamás soñó ganar, pero que finalmente logró. El problema que ha encontrado en el camino se ubica en la antipatía que mucha gente le demuestra por su franca incapacidad para liderar a uno de los países más importantes del planeta. La prensa, la radio y la televisión lo reflejan todos los días.

Su vanidad y su descontento lo obliga así a prescindir de los medios establecidos, a los que critica y ataca abiertamente todos los días. Por esa razón ha construido en las redes sociales su propia herramienta de comunicación pública. El problema es que, en ese ejercicio, su estrategia de negociación empresarial, su modo de vida, ha sido trasladado, cruda y sin acompañamiento alguno, a la política.

El habitual uso de “Twitter” como vía de comunicación masiva, provoca que a través de los ciento cuarenta caracteres que la plataforma le proporciona, él incurra en equivocaciones espontáneas, que si bien antes generaban un abucheo de los internautas, hoy producen pavor e incertidumbre en el mundo entero.

El Presidente Trump no ha entendido todavía que la agresividad de la negociación empresarial no se puede llevar a la representación del Estado, que los motivos que orillan a un empresario a doblar las manos y aceptar las condiciones impuestas en una operación comercial, no existen tratándose de la defensa de los intereses de la humanidad y no se pueden imponer tratándose de la protección de la soberanía de cualquier Nación.

En su propia idea de lo que significa ser Presidente, a partir del claro entendimiento de lo que México representa para los EEUU, quizá ha contemplado la idea de doblegar al país entero para renegociar un acuerdo comercial, y quizá ha pensado también que la idea misma de construir un muro divisorio a manera de ofensa suficiente para desmoralizar a quien acuda en su representación a cualquier mesa de diálogo. El propósito se lo ha planteado, porque en su pensamiento está convencido de que el resultado aparentemente deficitario de la balanza comercial de su país con México, obedece precisamente al propio TLC, y que el Tratado mismo acarrea simultáneamente la pérdida masiva de empleos.

El Presidente Trump ha abierto en una semana una multiplicidad de frentes que empiezan a demostrarle el tamaño de la encomienda que ha aceptado, y la dimensión de la responsabilidad y del asiento que ocupa. Sin embargo, ha lidiado de tan mala forma con los puntos de su ideario, que pronto empezará a sufrir el descalabro de sus aventuras --y ello no sólo tendrá lugar a través de las mismas redes sociales que tan ávidamente procura--.

A pesar de que durante la contienda electoral todos los indicadores demostraban que Hillary Clinton ganaría la presidencia, hubo uno solo que siempre mantuvo a su favor el candidato republicano: el de los índices de la Bolsa de Valores. Ya designado Presidente Electo, el comportamiento de los indicadores bursátiles comprobaron también la predilección que el capital ha venido teniendo por el propio Presidente negociador. Sin embargo, el día de ayer ese índice se revirtió. La incertidumbre que han producido los efectos de las órdenes ejecutivas en materia migratoria contra seis países musulmanes, y las protestas ciudadanas en todo el mundo que derivan de ella, hizo que el índice Dow Jones retrocediera cien puntos. De continuar los desatinos, la calificación de los inversionistas que hasta hoy lo han acompañado podría seguir el mismo rumbo.

La Procuradora General, Sally Yates, quien ejerció el cargo durante diez días, instruyó a los abogados del Departamento de Justicia a no defender las órdenes ejecutivas firmadas por el Presidente Trump en materia migratoria, acción que comprueba el largo camino que esas órdenes habrán de enfrentar judicialmente y la alta probabilidad de que los Tribunales de ese país las reviertan.

En suma, México encuentra ante sí a un Presidente de los EEUU que no se ha formado en el ámbito de gobierno, que ha diseñado una agenda política terriblemente complicada en la que habrá de enfrentar infranqueables descalabros. Nuestro país no tiene porqué adelantarse a los eventos que lógica y legalmente tendrán su propio, fatal desenlace. Hoy México ha encontrado en la comunidad internacional a grandes aliados.

Si bien es cierto que la relación que nos une con los EEUU no es absolutamente imprescindible y que bien pueden buscarse otras fronteras, nuestra vecindad y nuestra sociedad demuestran que, por mucho, es la relación internacional que más nos interesa no sólo conservar, sino ahondar.

Es previsible que el Presidente Trump acabe entendiendo que el arte de negociar en el mundo del comercio no es aplicable a la celebración de compromisos internacionales entre Estados soberanos. Es la hora de ser pacientes y de aprovechar los muchos y muy intrincados recovecos de la relación bilateral, para “patear el bote” de la apertura del Tratado. Debemos de estar seguros de que llegará el momento en el que la imposición de la realidad, la vigencia del derecho y el aprendizaje de las formas que imperan en la diplomacia internacional, permitirán el diseño de nuevos y mejores escenarios.

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