Opinión

El aroma de los libros

25 enero 2013 0:52
 
El hombre es porque vive, ciertamente. Pero hay dos clases de hombres en esta vida (y cuando digo hombre estoy hablando de humanidad; es decir, envuelvo en el término lo mismo a hombres y a mujeres): los que leen y los que no leen. Porque en esta diminuta distinción existe un férreo puente que, tras cruzarlo o no, define las características de las personas: la inleída salta a la vista, así como es notoria, en su esencia, la gente que lee. No es lo mismo el que sólo pasa las hojas de un libro que el que las lee. El poeta español Pedro Salinas dice que el primero es un leedor y el segundo un lector. Y entre ambos vaya si no hay un abismo, aunque en estas diferencias nada tenga que ver la cualidad humana de la nobleza, porque en los lectores, a pesar de sus lecturas, también puede caber lo innoble, pues la cultura, o tener cultura, no necesariamente hace a los hombres más buenos. Sí probablemente más sabios, pero no más buenos.
 
 
El hombre se hace de lecturas, o por las lecturas. Eso creía, por lo menos, hasta antes de encontrarme con las generaciones completamente imbuidas en la televisión, de manera que el hombre ahora es de acuerdo a lo que mira, no ya a lo que lee. Y entre estas dos humanidades, sí, hay un portentoso trecho que las distancia y las precipita unas contra las otras. Yo estoy hecho de lecturas, para mi fortuna. No me imagino qué siente el pobre fan (“pobre” por desorientado, no por otra cosa) de la “estrella” del momento cuya opinión —la del fan— jamás va a ser escuchada no sólo por la “estrella” del momento sino por el propio círculo de admiradores de dicha “estrella”, del que él forma parte. ¿Cómo diablos puede alguien vivir en la cuerda floja del esnobismo?
 
No lo sé.
 
 
Porque una maravillosa cosa que trae aparejada la lectura es la independencia de las cosas: uno, el lector, se adentra, solo, a un mundo del que no sabe cómo va a salir, al contrario de los predecibles fanáticos, todos pintados con la misma brocha, uno igual que el otro, replicados mil veces en los espejos que los acompañan. No en balde la sorprendente tecnología se ha ceñido a estas cortedades del lenguaje, miniaturizando las palabras en sus portentosos contenidos: 140 caracteres en los blogs, ni uno más. Aquellas bellas cartas —largas o no— escritas a mano ya no existen más. Todo ahora conlleva premura. Hasta en el habla. Si no te expresas con rapidez perdiste el turno. Y tal vez tenga mucha razón el editor Porfirio Romo Lizárraga cuando dice, en su libro A vuelo de página (que empezará a circular en los Cuadernos de EL FINANCIERO el próximo 25 de marzo de 2013), que la lectura comenzó a ser amagada en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) al imponer la distribución de los libros de texto gratuitos a las entonces pequeñas generaciones, que fueron acostumbrándose a ya no visitar las librerías porque sus lecturas las recibían gratuitas en sus aulas. Nadie, que yo sepa, había dicho las cosas de este otro modo. Sino todo, hasta antes de Romo Lizárraga, había sido exaltación por la hechura de estos volúmenes a los niños de primaria y secundaria, que, de paso hay que decirlo, no leen sus libros sino de modo obligado. Además el profesorado, que tampoco lee, ya se ha habituado a pedir las tareas mediante los instrumentos de la electrónica, que ha suprimido, aún más, el ejercicio de la lectura.
 
Ahora todo se hace por la Internet: cartas, tareas, pagos, reclamos, investigaciones, invectivas, chantajes, intercambios, ligues, aproximaciones... y mínimas lecturas, porque el empresariado de las nuevas tecnologías, con sus numerosos consumidores, se ha empeñado en augurar la desaparición del papel, y ha invertido, entonces, en una divertida variedad de soportes para sustituirlo; en la Feria de la Electrónica efectuada por estos días en Las Vegas el objetivo de todas las compañías participantes en ella parecía una feliz coincidencia: nadie quería saber del papel; es más, se propusieron eliminarlo durante el transcurso de este año: “Ni la firma va a valer si no es digital”, afirmaron. Y aquella meta de algunos ecologistas angustiados que clamaban, en los ochenta del siglo XX, por la protección de los árboles parece por fin conciliarlos con su aparente sueño guajiro: ni un árbol más se va a convertir en un libro. Y no dudo en que, si se persiste en la impresión de los libros en los años venideros, aparezca de pronto en las redes sociales el hashtag #YoSoyArbol101 para obligar a los impresores a suprimirlos definitivamente.
 
 
En fin.
 
 
Yo no sé si la gente con ello vuelva a leer o si esta actividad tiene ya sus días contados. No lo sé. Yo lo único que sé es que todavía soy un hombre de lecturas. Y si esto significa ser una persona extemporánea, puedo afirmar con orgullo que este tipo de extemporaneidades me fascina. Como escuchar a Mozart, o a Bach, o a Beethoven, o a Louis Armstrong. Hay pasados que no dejan de encantarme. Y una de las cosas que más me conmueve es entrar a una biblioteca y mirar todos esos hermosos libros que alguna vez escribieron hombres importantes. Me gustan los aromas de los libros, que jamás va a tener una computadora, ni una lap top, ni una iPad, ni una Tablet.
Cuestiones de épocas, otra vez.
 
 
Quizás un día también las bibliotecas, por este mismo asunto de los desplazamientos electrónicos, desaparezcan. Tal vez sean instaladas otros recintos con nombres diferentes; consorcios digitales, tal vez; hogares blogueros, tal vez: refugios cibernéticos, tal vez. Lo cierto es que cada vez menos gente se aproxima ahora a una biblioteca: si todo lo tiene en su casa mediante la Internet, ¿para qué va a perder su tiempo acudiendo a estos inmuebles dinosáuricos? Por eso las multitudes se van uniformando cada vez más. Se habla mucho de que las redes sociales van a transformar al mundo porque, por primera vez, las individualidades pueden opinar de todo utilizando su teclado desde la comodidad de su casa. Se puede incluso ser un rebelde bostezando en la recámara en un día de asueto, o durante una insoportable cruda, o después de hacer el amor. O tener miles de amigos sin saber de ellos, ni nunca visitarlos. Hoy, dicen, se puede hacer todo sin recurrir a un libro. Incluso se puede ser ídolo, o presidente de un país, o escritor, o actor, o locutor, o ser millonario sin haber pasado los ojos, nunca, por encima de las letras de un libro.
 
 
La cultura de la humanidad, ahora, radica en no poseer cultura.