Opinión

El árbol

 
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Japoneses

Los expertos y la prensa de México repiten que nuestro principal problema son las instituciones. Pero, ¿y la cultura? Bien gracias. Para muchos expertos no tiene absolutamente nada que ver. De modo que, parece, ni las familias fallan en la educación, ni la sociedad en cuestiones de corrupción: todo es producto de las problemáticas institucionales.

Yo creo en una dimensión diferente. Déjenme contarles de un país que he llegado a conocer después de más de 35 visitas, en donde tengo amigos y relaciones personales y profesionales, y en donde la cultura posee una raíz medular indiscutible: Japón.

Mi primera vez allí fue en 1990. En aquella primera visita, cuando estaba en plena promoción de la privatización de Telmex, me fui a caminar por el Kokyo Gaien, el precioso parque diseñado junto al Palacio Imperial. Era muy temprano, alrededor de las cinco de la mañana, cuando vi a un jardinero que daba forma pacientemente a un árbol.

Tiempo después aprendería que el árbol del jardinero era un kuromatsu, el llamado pino negro japonés, y yo tomaría ese mismo árbol como un punto de encuentro personal, una especie de icono sobre el paso del tiempo y la perduración de los símbolos, y lo visitaría siempre, en cada viaje que hice, hago y haré a Japón.

Pero eso aún no se me había revelado mientras miraba al señor, que tendría unos 70 años, erguido en el extremo de una escalera, trabajando con varias herramientas, en la copa del kuromatsu. Aquel árbol debía tener unos 30 años, si no más, y ya era tan imponente en altura como delicado de forma y color. Le dije a mi intérprete que preguntara al señor qué estaba haciendo. El jardinero entonces respondió, con la misma paciencia y delicadeza con que podaba aquí y allá, que trabajaba en el árbol para que creciera de buena manera, bello y sano como los demás kuromatsu del jardín, por los próximos 100 o más años.

Yo le dije que su trabajo era fantástico, pero que me parecía lamentable que él no llegase a ver su obra realizada en el tiempo. Sin inmutarse, el jardinero me miró y contestó que eso no era ningún problema: él trabajaba para que sus hijos y sus nietos pudieran disfrutar de la obra del mismo modo que antes, otros jardineros, habían cuidado y podado elegantemente esos mismos kuromatsu para que en el futuro los disfrutara él.

La lección del jardinero de los kuromatsu me acompaña día a día como una metáfora de la necesidad que tenemos de pensar en la trascendencia. Somos naciones jóvenes en Occidente, muchas en desarrollo, urgidas por la necesidad de crecer rápido. Pero en ese proceso urgente olvidamos la importancia de la trascendencia como meta y como camino. Es la noción de perdurabilidad y sostenibilidad la que debe llevarnos a planear. Nosotros podamos el árbol y queremos ver los resultados de inmediato, cuando, como el jardinero de los kuromatsu, debiéramos podarlos para que den frutos por una larga vida, más allá de la nuestra.

Las instituciones tienen capacidad de perdurar, por supuesto; pero esas instituciones nacen dictadas por una cultura. Las instituciones son las ramas de nuestro árbol, moldeadas y dependientes del tronco, esa cultura que les da vida y mantiene. Es en las profundidades de los cimientos de la cultura donde debieran reposar las decisiones estratégicas, las que se sostienen por décadas, o tal vez siglos, como un buen kuromatsu.

Esta columna reaparecerá el 8 de mayo de 2017.

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Twitter: @JaqueRogozinski

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