Opinión

El aniversario número
88 del PRI

 
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PRI

El PRI, con sus antecesores PNR y PRM, mañana cumple 88 años. A la luz del papel que esta formación política ha jugado en la historia del país a lo largo de las últimas nueve décadas, ha llegado el momento de hacer un análisis de ese partido, tan profundo como sea posible. Debe hacerse al menos desde tres ángulos: sociológico, histórico y político.

Para un planteamiento correcto del tema, deben de entrada responderse varias preguntas elementales: ¿Qué es exactamente el PRI? ¿Se le puede considerar, en serio, como un verdadero partido político, tal como este concepto se entiende en una democracia liberal?

¿Se trata acaso de una corriente de pensamiento con perfiles claramente definidos en el campo de las ideas? ¿Han sido el desarrollo programático de éstas y la definición de sus políticas públicas, congruentes con aquéllas?¿Ha sido el priismo, históricamente, congruente en este terreno? O bien, ¿ha sido sistemáticamente oportunista, ¿han sido los bandazos una de sus características?

Un dato relevante, ciertamente nada fácil de demostrar pero palmariamente evidente en las casi nueve décadas de su existencia, ha sido el aspecto ético en su larga actuación. ¿Difícil de demostrar y a la vez evidente? ¡Claro! Por eso don Luis Cabrera les respondió con aquella famosa frase de “los acuso de ladrones, no de tontos”. Luego el expresidente Portes Gil le dio la razón al reconocer que cada gobierno priista producía “comaladas de millonarios”.

Resulta claro, por donde se quiera ver, que el priismo no tiene entre sus valores combatir la corrupción. Más bien parece que su norma de actuación, a manera de regla no escrita, es exactamente la contraria. Es decir, permitir por un lado que de tal manera se generalice que sea una especie de candado de seguridad para todos, porque así nadie podrá atreverse a lanzar la primera piedra. En otras palabras, institucionalizar la corrupción por la vía de la impunidad.

Y por el otro, teniendo la corrupción garantía absoluta de impunidad, así llegue a niveles de escándalo como hemos visto de manera tan plástica en los tiempos recientes. Pero en general a lo largo de 88 años la corrupción se convierte en fuerza política tan potente que todo lo avasalla y no conoce límites. Por eso el priismo, que durante mucho tiempo fue el gobierno mismo disfrazado de partido, fue tan poderoso a lo largo de siete décadas que mantuvo una hegemonía casi total sobre la vida pública del país. Hasta que llegó la alternancia.

La alternancia no fue capaz de quebrar las estructuras sustentadoras del priismo. Y bajo el señuelo de que ya era un nuevo PRI, y como ejemplo Peña Nieto señaló a Javier Duarte, fue que el priismo volvió a Los Pinos. Que seguramente abandonará el año próximo. El punto estará en que a partir de 2018 las estructuras que lo sustentan se desmantelen de tal manera que un segundo retorno de ese partido sea del todo imposible. Porque de no ocurrir así, pobre de nuestro país, enfrentará el cuento de nunca acabar.

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