Opinión

El amor y la dependencia

Otro sábado en la casa, esperando su llamada. La última vez me prometí que no lo haría más. Que seguiría adelante con mi vida y que nunca más dejaría de hacer mis planes por estar de guardia, pasmada frente al teléfono; ilusionada con una idea casi delirante. Porque me invento las historias sola, los desenlaces felices en los que él y yo compartimos la vida. Se llaman fantasías, dice mi terapeuta. Dice que tengo tantas ganas de tener una relación sólida, que le veo cara de vínculo estable a este hombre que no hace más que alejarme. La terapeuta también dice que se llama doble vínculo: él me dice que me quiere pero no tiene tiempo de verme. Dice que me extraña pero no está dispuesto a romper sus rutinas para encontrar una nueva que compartir conmigo. Se llama doble vínculo porque siempre hay dos mensajes en contradicción. Te quiero pero no puedo verte. Te quiero pero no tengo tiempo. Te extraño pero tengo otras cosas más importantes que hacer.

También pensé que así somos todos, convencidos de que nuestra agenda cotidiana es la gran cosa y alrededor de la cual debería girar la Tierra. No soy estúpida y me doy cuenta de que se trata de él pero también de mí. De su capacidad para llenarse de trabajo y poder así tener el pretexto más honorable para ausentarse. Y de mi incapacidad para regular mi hambre y mi necesidad de él, que me entristece y me enoja.

Me he pensado siempre como una mujer independiente, autosuficiente y libre. Dice la terapeuta (a quien le creo solamente a veces) que hay un núcleo de indefensión y de carencia dentro de mí. Que soy en el fondo un niña necesitada de protección, que se siente sola, amenazada y a veces incapaz de resolver sus cosas.

Cuando pienso en sus palabras, no sé qué pensar. Repaso mi historia. Me aferro a la idea de mí misma como una mujer liberada que no necesita de nadie. Pero luego me veo un viernes esperando una llamada, dispuesta a cambiar mis planes con tal de verlo un par de horas; sintiendo que toda la semana valió la pena gracias a esa rato compartido. Y me doy cuenta de que estoy un poco loca y desequilibrada, porque borro todo lo demás. Todo por el simple y estúpido amor que le tengo.

Entiendo perfectamente a muchas de mis amigas que dicen que a estas alturas de su vida, ya no están para sufrir. Ni para aguantar a ningún tipo que no quiera franca y claramente estar con ellas. Las entiendo y las envidio un poco. Yo dejé, con la madurez, casi todas las ideologías. Conseguí liberarme de los fanatismos políticos y religiosos, pero conservé una fe inquebrantable en el amor. Me da pena decirlo pero sigo siendo una romántica; después de todo lo que he vivido, sigo creyendo en el amor. Sigo pensando, cuando tengo un buen día, que el amor hace que todo sea posible; que cualquier obstáculo puede ser librado; que no hay nada imposible para dos que se aman. Y me quedo sola porque él no piensa igual; calcula los escenarios, administra sus tiempos; me dice que no con toda tranquilidad. Él me quiere, pero sólo mientras no tenga que hacer cambios radicales en su estilo de vida.
Las filas de los incrédulos del amor son enormes. El pragmatismo guía la vida de los adultos sensatos. Mi terapeuta también piensa igual, aunque me lo dice de otra forma. Dice que no he conseguido estar contenta con mis logros ni con la vida que he construido con mucho esfuerzo; que sigo depositando en lo masculino la posibilidad de ser feliz; que aunque sea fuerte e independiente, me conservo leal a la idea de necesitar un hombre a mi lado para que me cuide, para que me quiera y para que me recuerde que valgo la pena.

Estoy jodida. Qué bueno que voy a terapia.

La autora es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: ​valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag