Opinión

El amor es una droga


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No es ninguna novedad que algunas explicaciones sobre la conducta adictiva pueden transferirse con facilidad a las relaciones amorosas. Los circuitos de placer y recompensa del cerebro se activan lo mismo con un cigarro o un vodka, que con una caricia o una mirada de la persona que amamos.

Algunos se relacionan en el amor exactamente como se relacionan los alcohólicos o los cocainómanos con la sustancia que consumen. Ser adicto al amor también tiene un componente autodestructivo que frecuentemente se minimiza, porque su hechizo es poderoso y muy disfrutable.

Es necesario trascender las explicaciones de la neurobiología e ir más allá. Las adicciones tienen todas componentes conductuales, psicológicos, sociológicos y culturales. Stanton Steele, autor de Amor y Adicción (Love and Addiction) fue uno de los primeros en describir las adicciones sin drogas, explicando la dependencia como una “modalidad existencial” (una forma de ser y de estar en el mundo).

Nos guste o no, nos parezca una verdad gastada o no, el origen de la adicción se encuentra en la infancia, en el contexto en el que ocurrió el desarrollo. La dependencia no inicia como búsqueda de placer, sino como un refugio que puede ser reproducido. Son mucho más vulnerables a las adicciones las personas inseguras, que huyen del riesgo y las situaciones imprevistas. La angustia y la incertidumbre fue inoculada en sus familias de origen. Las relaciones amorosas vividas con aferramiento buscan la seguridad y el refugio en la dependencia.

Las relaciones adictivas, contrario a lo que pueda pensarse, son lo opuesto de la pasión romántica y arriesgada. Aspirar a la certeza y a la costumbre es la esencia de las dependencias.

En las relaciones adictivas también se da un aumento en la tolerancia, por lo que las dosis iniciales –de contacto, cercanía, convivencia, sexo– dejan de producir placer y es necesario aumentarlas. En este punto aparecen frecuentemente los celos patológicos, las demandas de atención y la reducción dramática de la vida social de ambos, que creen sólo necesitar uno del otro para estar bien.

Muchas parejas se preguntan, al pasar el tiempo, si siguen juntas sólo para evitarse el dolor de la abstinencia que separarse traería a sus vidas.

El amor es una droga cuando no se ha logrado la integración psíquica de los aspectos buenos y malos de los objetos de amor y se intenta reemplazar a los padres idealizados, que como se sabe, sólo existen en la fantasía. Se construye dependencia si se coloca a la pareja en el lugar del padre o de la madre ideal.

El amor es una droga porque la sociedad y la cultura aceptan como normal sufrir por amor e incluso sacrificarse como un modelo de conducta amorosa.

El amor es una droga cuando alguien cree que podrá cambiar a quien ama. Esta dinámica se define por un patrón adictivo; se vuelve una obsesión concebir un plan maestro para que nuestro amado o amada deje de ser como es para convertirse en quien necesitamos que sea. El amor también es una droga si creemos ser víctimas del otro, si hemos perdido autonomía emocional y si hemos roto los límites personales. El discurso de la victimización es emblemático de las relaciones adictivas: mi vida está en tus manos, tienes mucho poder sobre mí, no me imagino la vida sin ti, te doy todo y no lo valoras.

No hay ninguna teoría que alcance a explicar el hechizo del amor, porque viene en muchas presentaciones, porque los grados de dependencia o adicción varían en intensidad y son imposibles de medir con exactitud. Porque lo único que siempre sirve es la reflexión y el cuestionamiento permanente sobre nuestras motivaciones y nuestra forma de actuar cuando sentimos amor.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

Correo: valevillag@gmail.com

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