Opinión

El altísimo costo del silencio


 

La crisis fiscal/política en Estados Unidos se manifiesta en el cierre del gobierno y la falta de acuerdo presupuestal que podría poner en riesgo lo más elemental: la obligación de cumplir con el pago de la deuda contraída por el gobierno. Visto desde fuera, esta crisis adquiere un tono surreal. Desde adentro, es simplemente una manifestación más de un lento proceso de polarización ideológica que se da en este país, pero no sólo aquí.

 


 

Cada diez años, como resultado del censo poblacional, demócratas y republicanos aprovechan para volver a delinear las fronteras de distritos electorales en estados a su cargo. Con el pretexto de reflejar cambios en la población, crean distritos predominantemente de un partido u otro. Ambos buscan evitar distritos mixtos que implican incertidumbre y, en el extremo, la posibilidad de candidatos independientes o de un tercer partido. Al tener distritos “puros”, la disputa política real está en las elecciones primarias, pues se sabe de antemano qué partido ganará en cada distrito, pero se vuelve relevante definir quién será el candidato. En una elección primaria votan pocos, típicamente los más ideológicamente extremos. La silenciosa mayoría, más sensata y moderada, ha dejado en manos de éstos la elección de sus representantes y ahora pagan cara su desidia.


 

 

Cuando nos preguntamos por qué la intransigencia de legisladores de ambos partidos que ponen tanto en juego con la negociación en curso, debemos entender que ceder los pone en riesgo no de que sus distritos caigan en las manos de la oposición, sino de que surja un candidato más extremo que ellos en la elección primaria y les quite el puesto cobrándoles la debilidad implícita en su disposición a ceder o negociar con el bando contrario.

 


 

El espacio para negociar está desierto y la única posibilidad de acuerdo proviene de la extorsión y de la toma de rehenes por parte de la minoría en el gobierno. El presidente Obama, quien hoy se manifiesta víctima de tan ruin táctica, cuando era senador votó en contra de elevar el techo de endeudamiento para la administración de Bush. Hoy, como entonces, se acercarán al borde del abismo como el trapecista que se balancea sin red en busca de agradar al público; pues eso es lo que exigen las bases de ambos partidos. Eventualmente, llegarán a un acuerdo parcial que permita que el gobierno siga funcionando y operando sin un presupuesto formal, como lleva años haciéndolo.

 

 

Lo realmente preocupante no es la primitiva estrategia más digna de un circo romano que de un órgano legislativo, sino la creciente ausencia de incentivos para sentarse a negociar problemas de fondo, pues hacerlo se interpretaría como debilidad. Estados Unidos enfrenta los mismos problemas de otros países desarrollados: alto endeudamiento, un costo de beneficencia social insostenible ante una población que envejece, y crecimiento económico por debajo de su potencial.


 

 

Del gasto público total estadounidense en 2012, 22 por ciento se fue en pensiones de seguro social, 23 por ciento en seguro de gastos médicos para ancianos y pobres, 19 por ciento en gasto militar, 7 por ciento pagando intereses sobre la deuda y 13 por ciento en otros gastos ya previamente comprometidos. Hubo discreción sobre sólo 16 por ciento del gasto total (sólo 2 por ciento para educación). El gasto en pensiones y salud crecerá exponencialmente, con el envejecimiento de la población, y el costo de la deuda pública crecerá rápidamente conforme se normalicen las tasas de interés, que están en su punto más bajo en la historia. Todo esto sin considerar que los estados y municipios no han hecho reservas para afrontar lo que deben a pensionados, hay un hueco de casi 20 por ciento del PIB.

 

 

La respuesta aquí, como en muchas partes, está en incrementar radicalmente la eficiencia del gasto no dando, por ejemplo, pensiones y seguros a quienes no los necesitan. Alguna vez escuché al dueño de un hedge fund decir que usaba su pensión del seguro social para llenar el tanque de turbosina de su avión. Urge incrementar la edad de retiro que se estableció en 65 años cuando la esperanza de vida era de 63, mientras que ahora es de 78 y aumentando. De no contenerse el crecimiento en los gastos en beneficencia social ya comprometidos (los llamados entitlements), la CBO (oficina presupuestal del congreso estadounidense) estima que la relación deuda pública/PIB se duplicará durante los próximos 25 años. Recordemos el caso de Japón, cuyo endeudamiento público es ya 2.4 veces el PIB. Pequeños cambios hoy en una u otra dirección se traducen en una situación diametralmente diferente en tres o cuatro décadas. No se puede empeñar el futuro por eludir problemas hoy.

 


 

¿Y México? Tiene que poner sus barbas a remojar. No es momento para crear pensiones vitalicias, seguros de desempleo, bajar la edad para recibir ayuda, y ampliar el déficit fiscal. Es suicida iniciar ese trayecto hoy, sabiendo que será irreversible y ahorcará al gobierno en turno en algunos años. Es absurdo esperar que los políticos del mañana se aprieten el cinturón y asuman la sensatez que ellos evaden. No es momento para reformas cosméticas, sino para cambios de fondo que nos hagan económicamente viables. Hay que atreverse y dejar a un lado recetas agotadas. Aquí también llegó el momento de quitarle el reflector a la estridente minoría que toma las calles y se hace sentir, bloqueando el progreso, buscando preservar privilegios injustos, e imponiendo políticas públicas insostenibles. Nuestra indiferencia puede resultar carísima.