Opinión

El alcance del extremismo no se limita al Cáucaso, Siria y Kabul


 
Apenas el viernes, un grupo autodenominado Anonymous Caucasus advirtió en Kavkazcenter.com, uno de los portales emblemáticos del separatismo islámico en Rusia, que lanzaría ataques cibernéticos contra el gobierno de Moscú en venganza por su negativa a reconocer la expulsión zarista en el siglo XIX de los circasianos o cherquesos, uno de los pueblos de la inestable región donde Europa se encuentra con Oriente Medio y Asia.
 
 
La preocupación del Kremlin, sin embargo, está más enfocada en Doku Umarov, “emir” del Cáucaso que resume en su figura siglos de lucha étnica y religiosa, imperialismo, injerencias y alianzas que van más allá de este crisol para alcanzar, por ejemplo, el auge de los musulmanes radicales y de Al Qaeda en Siria. Luego de aplastar en los años noventa las aspiraciones independentistas de Chechenia, Rusia ha enfrentado ––como Estados Unidos en Afganistán–– el surgimiento de una rebelión mucho más guiada por el mesianismo que la conducida por el ex general soviético Dzhojar Dudayev y así, Umarov, quien ordenó una tregua durante las protestas contra Vladimir Putin en 2011-12, prometió en julio que haría hasta lo imposible para “descarrilar” los juegos de Sochi, que llamó “un baile satánico sobre los huesos de nuestros ancestros”.
 
Símbolo
 
Al golpear nuevamente en Volgogrado, la guerrilla chechena, que se extendió al vecino Daguestán, no sólo prueba que puede operar fuera de sus bosques y montañas, sino que intenta asestar un revés psicológico, explicó a RT el periodista Sergey Strokan, porque Volgogrado es la antigua Stalingrado, escenario de la mayor batalla de la historia, justo la que definió la derrota de Hitler en la Segunda Guerra Mundial y que por ende es un símbolo de la resistencia y del poderío de Rusia.
 
 
Pero la garra del extremismo, como se vio el 11-S, adquirió dimensión global. Osama Ben Laden fue aliado de Occidente; hoy, la enésima manipulación del monstruo a cargo de EU, la OTAN y Arabia Saudí aumenta los riesgos para todos, lo que aceptan incluso la FBI y el Departamento de Estado, alarmados por el creciente número de norteamericanos que combaten en Siria y brindan ayuda a la insurgencia del país árabe.