Opinión

EH: Poeta callejero (páginas de diario)

Para Claudia Curiel de Icaza.

Sabía, por supuesto, antes de tratarlo, de su leyenda urbana; y de la poética; y de la política.

Puesto que cojeábamos del mismo pie, gocé, celebré, propagué sus Poemínimos. Además, a él le daba por los cocodrilos; y a mí, por las iguanas (la verdacita, totémicamente hablando, más de este laredo, menos del Nilo, del Mississippi).

Y lo tenía más fruto de la Revolución Mexicana que del fetichismo soviético (luego castrista); o, por lo menos, parejos. Como su coetáneo José Revueltas, comunista bíblico. De una pieza, los dos; los dos respetabilísimos. Porque ya lo sentenció alguien (¿mi admirado Koestler?): nada hay peor, en lo ideológico, que un excomunista. Bandazos y a la derecha.

Lo conocí por sus hijas, repito, por sus hijas Andrea y Eugenia, a quienes abrazo. Consideré un privilegio que resolviera entregar, a Difusión Cultural de la UNAM, dos pequeñas recopilaciones: Textos profanos y Prólogos, editados, así lo entendí, con prontitud y decoro. Pendiente quedó, sin embargo, a la sazón, “otro pequeño volumen”, con más textos, “algunos cuentos y algo peor”, que servirían “de diversión de los buenos amigos que tampoco como poeta me toman en serio”. Coquetería pura.

Justamente estos días de fiebre futbolera, que la tuve cuando el futbol no era una marca que vende marcas, releí uno de los más modernos “profanos” de Huerta, escrito la víspera del IX Campeonato Mundial (el trofeo aún llamábase Jules Rimet).

Se intitula “Un deporte, unos escritores”. No tiene pierde. Recuerda, para empezar, a los personajes de la novela El astillero (que me atrevería a calificar de inmortal), elucubrando si Ángel Labruna, “formidable delantero”, jugaría o no jugaría al día siguiente en el estadio Centenario de Montevideo.

Por cierto, nunca acabaré de agradecer al amigo Héctor Orestes la entrada para un Uruguay-Brasil, futbol-fubol, en el mítico Centenario. Conjeturamos, si no recuerdo mal, en qué taquilla del legendario estadio un joven, pero ya herido por la vida, Juan Carlos Onetti, se ganaba el pan despachando boletos a la “fanaticada”.

El sábado 21 del extinto junio, disparo de la Primavera, camino a una comida con Alicia Reyes (uno de sus poemarios lleva prólogo de Efraín) y Fernando Corona, me apersoné en la Rosario Castellanos.

Para recorrer, esta vez sin “esmerada compañía”, la exposición Efraín Huerta, un poeta del alba, 100 años. Exposición que bien pudo tener como epígrafe aquello de: “Es como el Sol, el alba: una espiga muy grande”.

Homenaje, digamos, de “cámara”. Nada comparable al sinfónico tsunami Paz, fiesta casi patria.

Notas en el Moleskine de bolsillo.

Una fotografía de Maritza López (¡pero qué buena fotógrafa!) que me devuelve a Efraín Huerta tal y como lo conocí.

Un texto de Eugenia Huerta que me condujo a la ficción, cuasi rulfiana. Funerales. Irrumpe una mujer dos veces misteriosa, por ella misma y el negro intenso de la ropa; hermosa; devorada por miradas masculinas y femeninas, cruza la estancia; deposita una bala en el féretro; desaparece, perfume aún desconocido (¿Joy? ¿Aire de los tiempos? ¿Chanel?) tal como llegó. Se exhibe la bala.

La envida me corroe al ver a Efraín junto a ¡Kim Novac! ¡Diosa de mi adolescencia cerril!

En las vitrinas, lo lamenté, sólo estaba Prólogos.

Por la noche, repasando Poesía completa, se me ocurrió una addenda para el poema “Véspero”. Hora del Angelus, de Tiziano. Por el aire cruzan los jets, por la calle Campos Elíseos los veloces automóviles urgidos por la otra hora: la de “los moteles de la periferia”.

¿Y la addenda?

No lejos, en Casa del Lago, nos disponemos a presentar la novela A bocajarro, de mi hijo Adrián Curiel Rivera. Del cielo de Reforma se precipita, para estallar en pedazos, el jet que transporta al secretario de Gobernación. Corrosivo olor a combustible quemado que se dilata hasta el alba.

Durante la semana, el merito día del Centenario, la UNAM homenajeó al poeta, militante, periodista de combate, crítico cinematográfico.

Dos coincidencias más: 

La devoción de Efraín Huerta por la ciudad de México.

El trato íntimo de Efraín Huerta con la Diana Cazadora.

Yo vivía en Río Atoyac, en un departamento que compartía con Manuel Ojeda, hace rato actor estrella.

Por años, en la amanecida y en la alta noche, visitaba a la Diana.

Le rogaba, ella otra vez en cueros, olvidada la censura panista que le puso tarzanera, que me protegiera.

Que me fortaleciera.

Lo hizo.

¿Se lo llegué a contar a Efraín Huerta?