Opinión

Educación y sociedad civil

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Jóvenes universitarios. (Cuartoscuro/Archivo)

En México dejamos atrás un sistema político autoritario y corporativo, y en su lugar creció el sistema actual, con partidos políticos demasiado fuertes y poderes fácticos enfrentándolos. Los partidos han ganado, pero ahora enfrentan a la sociedad civil, que ha empezado a derrotarlos. Para lograr que el país sea democrático, competitivo y justo, se requiere que efectivamente la sociedad civil logre imponerse a los partidos, no sustituirlos.

En esta disputa, quienes más pueden perder son los remanentes de la estructura corporativa, desde los sindicatos hasta los ambulantes, taxistas, peticionarios, que continúan organizados según la vieja forma que tan bien funcionó durante el siglo XX y todavía hoy, aunque menos bien. Pero esta sustitución del viejo corporativismo por la sociedad civil enfrenta el adoctrinamiento del sistema educativo mexicano. Sabemos que la educación en nuestro país no es buena al medirla contra el resto del mundo, ya que no provee a los jóvenes de las herramientas necesarias para ganarse la vida en la economía actual. Lo que no parece que entendamos es que eso ocurre por diseño: no se hizo el sistema educativo para eso, sino para legitimar a un sistema político y para preparar a los jóvenes para la economía de ese sistema: corporativa, cerrada, dirigida.

En la educación básica en México los niños y jóvenes dedican 25 por ciento de su tiempo a estudiar ciencias sociales. No existe país desarrollado que haga algo parecido. El más cercano a nosotros es Suecia, que dedica sólo 13 por ciento del tiempo a esos temas.

Nosotros dedicamos más porque eso era lo más importante para el régimen: adoctrinar en las virtudes que tenía. Y eso se hace enseñando cuentos. Nada de extraordinario tiene esto, todas las naciones inventan cuentos que les permiten sobrevivir unidas. Pero nuestro cuento impide la democracia, inhibe la competitividad y fortalece la discriminación.

Impide la democracia porque enfatiza formas autoritarias, como lo fue el régimen del siglo XX. Inhibe la competitividad porque desprecia a la empresa y a los empresarios. Fortalece la discriminación porque nuestro cuento es xenófobo y paternalista. En el fondo, nuestro cuento es demasiado religioso, en el sentido de que busca dar una seguridad a las personas que es incompatible con las libertades políticas y económicas, y con la diversidad cultural. Y quisiera insistir en que las grandes virtudes de la modernidad derivan todas de la aceptación de la incertidumbre, del abandono de la seguridad.

Tal vez por ello nuestros jóvenes suelen terminar su educación básica casi sin autoestima. Es la mayor preocupación de los maestros, según ellos mismos. Pero creo que ese problema no deriva de las dificultades para hacer cuentas, o para leer y escribir, que sin duda existen. Deriva más de la disonancia entre el cuento legitimador, que se refiere a una realidad hoy totalmente inexistente. Aprenden que hay una corporación que les dará cobijo, que tendrán un empleo que les dará recursos, y que forman parte de una raza de bronce a punto de conquistar el mundo. Y afuera no hay nada de eso.

Ahora que acaben las elecciones, y que la reforma educativa actual funcione razonablemente, habría que pensar seriamente en cuál será el cuento sobre el que construiremos el México del siglo XXI. De entrada, deberá ocupar mucho menos tiempo. Y debe centrarse en la aceptación y dominio de la incertidumbre. Por el bien de niños y jóvenes.

Twitter: @macariomx

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