¿Realmente estamos tan mal en competitividad?
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¿Realmente estamos tan mal en competitividad?

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¿Realmente estamos tan mal en competitividad?

12/07/2018
Actualización 12/07/2018 - 14:17

Durante la campaña electoral muchos temas pasaron de largo. Uno de ellos fue la noticia de que, de acuerdo con un estudio del IMD Business School, México pasó del lugar número 37 en competitividad en el último año del presidente Calderón, al número 51, de 63 países, en 2018, la posición más baja desde que México es considerado en el Índice Mundial de Competitividad, en 1997.

La noticia va en sentido contrario no sólo de la publicidad gubernamental, que se ha esforzado por tratar de convencernos de que estamos mejor que en el pasado, sino de lo que observamos en materia de inversión extranjera, comercio exterior y en el Índice Nacional de Competitividad desarrollado por el Inegi en colaboración con la Secretaría de Economía.

La aparente contradicción tiene que ver con la falta de consenso sobre el significado de competitividad, dado que no es un concepto observable directamente como la inversión, las exportaciones o el empleo. Dos variables que nos permiten observar la competitividad de manera indirecta son la inversión extranjera directa (IED) y las exportaciones; la primera, porque refleja que existen las condiciones para que los inversionistas decidan invertir en el país, y la segunda, porque revela que existen las capacidades para que los productos mexicanos ganen terreno en el mercado de exportación, un mercado muy competido.

De la información del Banco Mundial se observa que la IED como porcentaje del PIB subió en México de 2.3 por ciento en el sexenio anterior a 3.1 por ciento en los siguientes cuatro años. En el mismo periodo ese porcentaje disminuyó en la OCDE y en los países de ingreso medio alto, y subió ligeramente en los países de América Latina y el Caribe (de 3.3 por ciento a 3.5). En otras palabras, México tuvo un mejor comportamiento que sus pares.

En materia de comercio exterior sucede lo mismo. Las exportaciones como porcentaje del PIB pasaron de representar 29.4 por ciento en el sexenio anterior a 34.3 por ciento en los primeros cuatro años de este sexenio. Este porcentaje disminuyó en los países de América Latina y el Caribe, y en los países de ingreso medio alto. En la OCDE pasó de 26.5 a 28.3 por ciento, un incremento menor que el registrado en nuestro país.

En síntesis, la evolución de la IED como proporción de las exportaciones va en sentido contrario de las conclusiones del IMD; sin embargo, hay que mencionar que el enfoque del IMD busca explicar la competitividad a partir del estudio de las variables que lo determinan. Por ello vale la pena compararlo con el Índice Nacional de Competitividad (INC) desarrollado por el Inegi, como estadística experimental, y que está en línea con la definición de competitividad expresada en el artículo 25 de la Constitución como “el conjunto de condiciones necesarias para generar un mayor crecimiento económico, promoviendo la inversión y la generación de empleo”.

El INC, que está conformado por 117 variables que se agrupan en siete categorías: desempeño macroeconómico, instituciones, capacidades, infraestructura, eficiencia de negocios, innovación y medio ambiente e inclusión social, registró un crecimiento de 4.8 por ciento entre 2012 y 2016, mostrando caídas importantes en seguridad, infraestructura básica y educación avanzada (tasa de matriculación en educación superior), una ligera disminución en ambiente macroeconómico y crecimientos relevantes en el mercado laboral, el mercado financiero y el medio ambiente.

El crecimiento del Índice Nacional de Competitividad, aunque no es comparable con otros países, tampoco coincide con lo que se observa en el Índice Mundial de Competitividad de la IMD Business School. Este último índice tiene más indicadores que el estimado por el Inegi pero una buena parte de ellos (44.6 por ciento) está basado en una encuesta de opinión con una muestra ridículamente pequeña, 95 encuestas en promedio por país. En el último reporte se señala, por ejemplo, que México pasó al lugar 51 por el empeoramiento de la percepción acerca de la calidad de las instituciones y la legislación para hacer negocios y algunos aspectos de gobierno corporativo.

El problema no es utilizar información cualitativa, hay variables que no hay forma de medirlas sino a través de encuestas de opinión, sino tratar de sacar conclusiones a partir de una muestra tan pequeña y seguramente no aleatoria.

Me parece que el Índice Nacional de Competitividad generado por el Inegi, en colaboración con la Secretaría de Economía, da señales más claras a la siguiente administración de lo que tenemos que hacer para mejorar la competitividad: seguridad, infraestructura, incentivos a la innovación, educación básica y eficiencia de gobierno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.