Doce años después (III)
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Doce años después (III)

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Doce años después (III)

17/05/2018

En un artículo anterior comenté tres aspectos en los cuales las propuestas del candidato de Morena han sido muy consistentes en los últimos doce años: No desarrollar el aeropuerto en Texcoco, limitar la participación privada en el sector energético y tener menor apertura comercial, apuntando que dado que las circunstancias han cambiado significativamente, sus propuestas tendrían impactos más graves, de ser implementas, que en el 2006.

En este artículo comento tres ámbitos donde me parece que ha cambiado su posición, dos para bien y una para mal. En el 2006 era más pro déficit fiscal, argumentando que la meta de medio punto del PIB de déficit fiscal era mucho más baja que la de otros países emergentes; hoy su postura es que en su gobierno no se van a registrar déficits fiscales primarios. Aunque resulta difícil creerle, me parece un acierto el cambio en su forma de ver el equilibrio fiscal.

También es acertado el cambio en su posición respecto al sector financiero. Por mucho tiempo los banqueros fueron su “punching bag”. Eran para AMLO parte de “la red complicidades y componendas que existen entre el poder económico y el poder político” y el FOBAPROA el destino favorito de sus golpes. Ahora considera a la banca como un aliado. Durante su participación en la Convención Bancaria en Acapulco dijo lo siguiente: “No vamos a afectar a la banca en nada, les pido que tengan confianza, que se requiere de una banca fuerte en el país, lo que les proponemos, y ésta es mi propuesta específica, es que se amplíe el servicio bancario” y explicó que México tiene cerca de mil municipios donde no hay servicios bancarios. Me parece correcto ver la inclusión financiera como un elemento central para impulsar el desarrollo de los municipios marginados y proponer a la banca ampliar su cobertura.

Por otro lado, me parece un grave retroceso su posición respecto a los precios de los energéticos. En el 2006 el tema quedó plasmado de manera muy vaga “... se venderán a precios justos y seremos competitivos a nivel internacional”, lo que podría interpretarse de muy diferentes maneras. En el 2018, por el contrario, ha sido muy específico. Recientemente afirmó: “De entrada, ya no va a aumentar ninguno de estos energéticos, se van a congelar estos precios, ya no va haber aumentos en términos reales” y fue más allá: “Y una vez que tengamos las dos refinerías, vamos a bajar los precios de los combustibles”. Lo que propone es equivocado y riesgoso.

Los que defienden las propuestas de Morena señalan que es viable hacer una propuesta de este tipo porque en tres años vamos a dejar de importar gasolina y los futuros de los precios del petróleo no contemplan ningún aumento. Independientemente de lo equivocado que es dejar que los precios los fije la burocracia y regresar a un gobierno productor de bienes, y que los tiempos no dan para construir las refinerías, y sin discutir de dónde saldrán los recursos, ¿Qué pasaría si suben los precios del petróleo? ¿Se tendrían recursos fiscales suficientes para mantener y luego bajar los precios de los combustibles? ¿Sería socialmente justificable dar la gasolina a un precio más bajo que el indicado por el mercado y dejar de invertir esos recursos en infraestructura, en salud o en educación? ¿Es correcto ambiental y socialmente subsidiar a los que tienen automóvil? ¿No se trataba de eliminar los programas sociales regresivos?

Me parece que están generando expectativas que están fuera de su alcance.

El extraordinario pensador David Konzevik acuñó una frase que viene muy al caso: “El arte de gobernar en una dictadura es el arte de manejar el miedo. Y el arte de gobernar en una democracia es el arte de manejar las expectativas”. Aunque estemos en tiempos de campañas no es prudente jugar con las expectativas de la sociedad. Están estirando demasiado la liga.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.