Rusia 2018, la fiesta de Putin
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Rusia 2018, la fiesta de Putin

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Rusia 2018, la fiesta de Putin

18/06/2018
Actualización 18/06/2018 - 13:33

Vladimir Putin es uno de los políticos más talentosos de nuestro tiempo. Poco importa que haya sido expulsado del G-8 después de invadir Crimea, que se le acuse con y sin fundamento de espiar e intervenir en elecciones en todo el mundo, o de perseguir implacablemente a sus opositores. Hoy Putin es el anfitrión del Mundial de Futbol. Presume un país que parece próspero y en orden. Después de la goliza inaugural (Rusia 5, Arabia Saudita 0) todos los líderes y las estrellas globales reunidos en el Estadio Luzhniki de Moscú se apretujaban para tomarse la selfie con él. Más importante todavía que los reflectores internacionales, Putin es sumamente popular en su país. Sus niveles de aprobación, con todo y 18 años en el poder a cuestas, superan 80 por ciento. Es el mejor exponente del populismo moderno. Ése que los liberales de todo el mundo repudian, pero que cada vez goza de mejor salud.

Putin no logró esta hazaña porque fuera un genuino modernizador ni porque la economía vaya muy bien, sino porque llegó a reinar sobre el caos. Después del colapso de la Unión Soviética, las mafias se impusieron como la principal autoridad en el enorme territorio ruso. Los 90 fueron un periodo de anarquía, en el que un grupo de malandros armados podía aparecerse cualquier día e invadir una fábrica o una tienda. Pagar por protección era la única manera de sobrevivir. La principal forma de hacer dinero, siempre al amparo de la mafia, eran los negocios turbios: el contrabando y la apropiación de industrias privatizadas.

En su excelente libro sobre Rusia contemporánea, Peter Pomerantsev describe cómo “…en los noventa las palabras ruso y gangster eran casi sinónimos, pero con el ascenso del presidente [Putin] al Kremlin la era de los gangsters llegó a su fin. El servicio secreto se hizo con el control de crimen organizado…”. En realidad Putin nunca intentó desaparecer a las mafias. Las domesticó y las utilizó a su servicio. Por sus orígenes como espía estaba entrenado para golpear primero y golpear más fuerte. Organizó algunas operaciones cuasi militares para detener a los mafiosos más independientes y mandar el mensaje de que nadie en Rusia era más poderoso que él.

Los demás mafiosos no dejaron de existir. Sólo mejoraron sus modales. Ahora se les llama 'hombres de negocios'. Incluso a estos nuevos hombres de negocios les toca de vez en vez un zarpazo del Kremlin. El golpe más célebre fue contra el magnate petrolero Mikhail Khodorkovsky, el hombre más rico de Rusia al momento de su arresto en 2003. El golpe más reciente ocurrió en mayo pasado contra los socios del grupo que construyó uno de los estadios sede del Mundial. Nadie en Rusia es intocable. Se asume que Putin lo puede todo porque gobierna con una autoridad especial, que emana directamente de la voluntad popular.

El régimen ruso recuerda a los viejos tiempos del PRI por la centralización del poder en una sola persona (aunque Putin ha llevado esa centralización mucho más lejos de lo que haya soñado cualquier presidente en México, y nadie sabe qué pasará en 2024, fecha en la que prometió retirarse del poder). Rusia también se parece a México por el uso descarado del sistema de justicia a favor del gobierno y de los amigos del gobierno. Además, hay similitudes importantes entre la Rusia de finales de los 90 —ese país anárquico que le abrió la puerta a Putin— y el México actual. Como en Rusia, los criminales son quienes de verdad gobiernan en amplias regiones de México. Como en Rusia, tenemos un régimen desacreditado y las encuestas apuntan a que pronto tendremos un presidente muy popular.

A los detractores de AMLO les gusta hablar de Venezuela. La imagen de una nación pauperizada ha sido muy eficaz para asustar a buena parte de los mexicanos de clase media. Sin embargo, tal vez haya que perderle un poco el miedo a una debacle económica, y estar un poco más atentos de lo que podría pasar si AMLO tiene éxito, o incluso mucho éxito, como lo tuvo Putin.

Por supuesto, México y Rusia son completamente distintos más allá de algunos paralelismos. En la Rusia de los 90 las mafias y el cascarón del Estado soviético eran los únicos factores reales de poder. No había propiamente empresarios, había cleptócratas. Putin y AMLO también son diametralmente opuestos. El primero se formó como un espía encubierto de la KGB en Alemania del Este. El segundo en la política, al lado del Poeta Carlos Pellicer, y como gestor social en comunidades marginadas. Nuestro proceso será diferente. Sin embargo, es importante que todos los mexicanos, los que están en contra y lo que están a favor de López Obrador, tengan presente que nuestro orden después del caos debe ser un orden institucional, no de personas, mucho menos el orden de una sola persona.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.