El regreso de Los Plateados
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El regreso de Los Plateados

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El regreso de Los Plateados

11/06/2018

En aquel entonces no se hablaba de cárteles ni de crimen organizado, sino de bandoleros. Sin embargo, podemos decir que Los Plateados fueron la organización criminal más célebre del México del siglo XIX. Las fechorías de Los Plateados no sólo fueron documentadas por la prensa de la época, sino que trascendieron a la literatura. Aparecen, por ejemplo, en la mejor novela de Ignacio Manuel Altamirano, El Zarco (publicada de forma póstuma en 1901). Los Plateados operaban en extensas regiones de lo que hoy en día es Guerrero, Morelos, el Estado de México y Puebla, pero tenían un profundo arraigo en algunas comunidades, donde eran la única autoridad. Se dedicaban a saquear haciendas y poblados, y sobre todo a asaltar diligencias (que eran la forma de viajar de las clases adineradas). Atacaban en gavillas numerosas, de hasta 500 hombres en algunos casos.

Los historiadores que se han adentrado en el fascinante mundo del bandidaje señalan que este fenómeno fue relativamente marginal durante la Colonia, pero que alcanzó una dimensión crítica en la segunda mitad del siglo XIX. La única forma como liberales y conservadores podían reclutar y alimentar a sus tropas era por medio de la leva (es decir, el reclutamiento forzoso) y el pillaje. Por lo tanto, después de las constantes insurrecciones y guerras civiles que siguieron a la Independencia, un sector importante de la población del país quedó predispuesta a la violencia y al saqueo. Por décadas, Los Plateados y otros salteadores de caminos hicieron casi imposible el comercio, y fueron, en alguna medida, responsables del estancamiento económico en el que México estuvo sumido hasta bien entrado el Porfiriato. Sin embargo, también hay un cierto romanticismo en torno a Los Plateados, al grado que han llegado a ser descritos como “bandoleros sociales” (aunque sus víctimas no pertenecían sólo a las clases adineradas).

Desde hace poco más de un año los robos a trenes –de los que antes no se escuchaba hablar– se han vuelto cada vez más frecuentes. Los directivos de las principales empresas ferroviarias dicen un día que la situación está “fuera de control” y al día siguiente que el problema prácticamente está resuelto (sospecho que no tanto porque así sea, sino para evitar el pánico de sus clientes). Sin embargo, las cifras oficiales sugieren una crisis inequívoca. De acuerdo con la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario de la SCT, en el primer trimestre de este año se reportaron 852 robos de trenes (siete veces la cifra registrada en el primer trimestre de 2017).

El robo a trenes es un fenómeno preocupante por su impacto económico potencial (alrededor del 25% de la carga de mercancías del país se desplaza por tren, incluyendo algunos de los sectores más dinámicos, como el automotriz). Sin embargo, lo más preocupante de esta nueva modalidad delictiva es que revela un profundo deterioro –no sólo de la seguridad, sino del orden público– en amplias regiones del país. En primer lugar, llama la atención que el robo a trenes se concentra en los mismos lugares que el robo de combustibles (Guanajuato, Puebla y Veracruz destacan entre los estados con más incidentes). De acuerdo con algunos testimonios, a veces los mismos grupos se dedican a ambas actividades. En segundo lugar, quienes roban trenes parecen tener una enorme indiferencia por el costo humano y los daños materiales que puedan generar. Una de las modalidades más socorridas consiste en descarrillar vagones, lo que se logra engrasando o aflojando las vías y fácilmente puede terminar en una tragedia mayor.

Por último, el robo a trenes no es una actividad que cometan bandas compactas de delincuentes de alta peligrosidad (como es el caso de otros delitos, como el secuestro). Para que el robo valga la pena, hay que descargar toneladas de mercancía. Por las declaraciones de los maquinistas, y hasta por algunos videos, sabemos que los robos a trenes son más parecidos a un saqueo, que ocurren en cámara lenta y con la participación de decenas e incluso centenares de personas (la mayoría parecen ir desarmadas). A veces llegan elementos policiales, quienes se suman a los guardias del propio tren. Sin embargo, saben que no tienen posibilidad alguna en contra de la multitud.

Con el robo a trenes va consolidándose en México un fenómeno que recuerda en muchos aspectos al bandolerismo del siglo XIX. Grupos que no tienen ni la estructura ni la disciplina ni el liderazgo de las organizaciones dedicadas al narcotráfico, pero que sí tienen una fuerte cohesión interna y pueden imponerse por su sola superioridad numérica. Si el fenómeno se extiende, los trenes sólo serán el comienzo (los saqueos a la agroindustria, a comercios y bodegas podrían multiplicarse). Es difícil pensar en una solución a este fenómeno que pase sólo por el uso de la fuerza. Benito Juárez intentó con medidas draconianas –como los juicios sumarios y la pena de muerte a salteadores de caminos– y fracasó rotundamente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.