¿Qué entendemos por regeneración nacional?
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¿Qué entendemos por regeneración nacional?

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¿Qué entendemos por regeneración nacional?

13/07/2018
Actualización 13/07/2018 - 10:45

Muchas de las exigencias sociales derivadas de decisiones u omisiones gubernamentales suelen buscar un canal de expresión: pueden ser marchas, manifestaciones o plantones. Éstas se atemperan o disuelven cuando el Estado actúa en consecuencia, ya sea mediante acuerdos, la atención puntual a algunas demandas o por la fuerza, e incluso por el desgaste de mantener viva una causa.

Lo que estamos viendo es otra cosa. Creo que es más bien un movimiento o movilización social que derivan de un hartazgo que persiste y trasciende un momento particular, que concentran una suma de reacciones y emociones que se agregan en el tiempo ante la negligencia de las autoridades, su ineficacia para resolver temas sensibles o ante una actitud indolente frente a las injusticias y los abusos. Un movimiento tiende a persistir, se arraiga en los individuos hasta que termina por encauzarse de algún modo.

Andrés Manuel López Obrador tuvo el acierto de entenderlo, de saber leer el estado de ánimo (esa acumulación de descontento) y de canalizarlo a través del apoyo a su partido político. Ese movimiento (rebelión) acabó manifestándose en las urnas, lo que habla de un buen grado de institucionalidad política en el país. Se optó por el voto como vía de expresión y de cambio.

Morena, el Movimiento de Regeneración Nacional, es un partido que se creó hace apenas cuatro años. En las recientes elecciones del 1 de julio, Morena logró reconfigurar de forma tajante la estructura partidista en el país. Este fenómeno no sólo representa el triunfo de López Obrador en su tercer intento por llegar a la presidencia. Los resultados de la votación le dieron el control de la mayoría de las legislaturas del país y de las gubernaturas en juego. La consecuencia del sufragio fue devastadora para el resto de los partidos políticos.

Es así. En la elección reciente, Morena le arrancó al PRI el dominio de las decisiones políticas, la creación de leyes, el nombramiento de los cargos institucionales y el control del gasto público, incluso el poder de modificar la Constitución. El resultado de la elección sí apunta a un mandato para regenerar la vida política del país. Se le dio a un partido y a una persona. La oportunidad, y también el riesgo, son enormes.

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la palabra regenerar tiene tres acepciones. La primera es: “Dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”.

Otra de sus acepciones es: “Hacer que alguien abandone una conducta o hábitos reprobables, para llevar una vida moral y ordenada”.

Finalmente, la RAE concibe regeneración como: “Someter las materias desechadas a determinados tratamientos para su reutilización”.

Desde la acepción que se elija, es evidente que necesitamos regenerar la vida pública, el sistema político, las instituciones del Estado, en una frase, el régimen político.

La regeneración la puede impulsar el presidente electo con todo el poder que se le ha conferido. Pero la regeneración, como está definida, no puede limitarse al cambio del grupo en el poder. Concebirlo así nos dejaría en las mismas.

La regeneración nacional pasa ineludiblemente por un replanteamiento del régimen político para impregnarlo de representatividad, de instituciones del Estado a las que se rescate de su captura y se operen por personas idóneas y profesionales para que puedan cumplir con su mandato constitucional; por sólidos mecanismos de rendición de cuentas, que son los que controlan y acotan el poder, los que protegen al ciudadano del abuso de los gobernantes. Una regeneración que trascienda un sexenio, que reconstruya desde los fundamentos y permanezca. Más allá de un sexenio, más allá de la voluntad de un gobernante y de un equipo.

Con el voto, los mexicanos tumbamos el tablero de ajedrez en el que veníamos jugando, en el que movíamos las fichas con cautela y en el que esperábamos que en un ejercicio de aproximaciones sucesivas lográramos al final tocar el punto de inflexión, el cambio del régimen político. Supongo que los abusos de la administración que concluye mataron esa expectativa.

Hago votos para que el próximo presidente se aventure, con inteligencia y responsabilidad, en esa monumental tarea del regenerar el régimen político del país. Que piense qué quiere dejarle a los mexicanos como legado una vez que concluya su mandato. Tiene seis años y todos los instrumentos para hacerlo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.