La cuarta transformación
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La cuarta transformación

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La cuarta transformación

04/05/2018
Actualización 04/05/2018 - 11:56

En el debate presidencial, Andrés Manuel López Obrador habló de encabezar una cuarta transformación, así como Hidalgo lo hizo en la Independencia, Juárez en la Reforma o Madero en la Revolución. Pensando en sus dichos, la verdad no creo que queramos a un nuevo caudillo en pleno siglo XXI, pero como sociedad sí debemos demandar y promover cambios sustanciales que permitan rescatar al Estado de la debilidad y la corrupción que lo corroe.

El exsecretario general de las Naciones Unidas, Kofi Atta Annan, señaló en el texto introductorio de la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, que este fenómeno “es una plaga insidiosa que tiene una amplia gama de efectos corrosivos sobre la sociedad: socava la democracia y el Estado de derecho, conduce a violaciones de los derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida y permite que florezca el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas a la seguridad humana”.

¡Vaya, pues! México vive todos esos efectos de forma exacerbada. La corrupción se ha enquistado en la gran mayoría de las funciones del Estado, ha dinamitado la confianza en el gobierno y ha establecido las condiciones para que la simulación y el abuso sean las pautas que rijan la política y la administración pública. Por ello, con independencia de quien gane la presidencia, es un hecho que no podemos seguir igual.

La corrupción se ampara en la certeza de la impunidad. Más de 90 por ciento de los delitos quedan impunes en prácticamente todos los ámbitos. Y es una impunidad que resulta de instituciones profundamente débiles para detectar y sancionar la corrupción, y a esas instituciones se les quiere mantener enanas. Por eso tanto pretexto y dilación para fortalecerlas.

En los últimos años, el impulso ciudadano a iniciativas que promueven el fortalecimiento de instituciones clave para la rendición de cuentas no ha tenido precedentes. La presión de la sociedad en estos temas se ha reflejado en procesos de Parlamento abierto y en la presentación de iniciativas ciudadanas que han culminado con la aprobación de las reformas que dan vida al Sistema Nacional Anticorrupción, el Sistema Nacional de Fiscalización y el Sistema Nacional de Transparencia.

No han sido los políticos tradicionales ni los llamados políticos modernos, sino diversos actores sociales, los que han luchado por recuperar al Estado mediante propuestas concretas que se reflejan en marcos jurídicos que intentan corregir la corrupción o negligencia tolerada con pasividad durante décadas.

La energía ciudadana se presenta en los más variados ámbitos y de las más diversas formas. Las víctimas del crimen organizado se han constituido en activistas que demandan leyes, reparación, una respuesta del Estado que les diga que no están solos. Las instituciones académicas, las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación independientes ejercen un contrapeso tímido, pero contrapeso al fin, que ha permitido que atrocidades no queden enterradas en el cajón del olvido y la impunidad.

No sé bien a bien a qué se refiere López Obrador cuando habla de la cuarta transformación. Para mí, esta tiene que ver con la nueva cultura de derechos humanos plasmada en nuestra Constitución gracias al impulso de la sociedad civil; tiene que ver también con la reforma constitucional que le dio vida al Sistema Anticorrupción y a sus leyes secundarias. Tiene que ver con controlar al poder y sujetarlo a esquemas de rendición de cuentas.

La cuarta transformación se construye con las alianzas y colectivos de organizaciones de derechos humanos, de víctimas del crimen, de transparencia y rendición de cuentas, que luchan por cambios sustanciales en puntos nodales para desmantelar la estructura de poder que se consume en privilegios para sí y agravios para el resto.

La sociedad civil de la que Andrés Manuel dice desconfiar en realidad busca lo que Andrés Manuel dice perseguir. Qué contradictorio es que las soslaye. O será que el llamado histórico es unipersonal. Él lo encarna y él lo consuma.

La realidad es que con Andrés, sin él o a pesar de él, esta lucha por la recuperación del Estado no tendrá tregua ni cuartel.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.