Opinión

Economía política basada en la evidencia

 
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Empleo. (Negocios 360)

Con la eficacia y precisión que lo distinguen, Enrique Quintana en su columna del viernes pasado (“¿Estamos en una crisis económica?”, EL FINANCIERO, 13/01/17) advierte contra el uso fácil o apresurado de la noción de crisis económica. Según nos dice, en los últimos días vuelve a hablarse con insistencia y desde varios miradores, de que vivimos una crisis económica. Y según él no es el caso.

Para fundar su advertencia, Enrique nos recuerda que en 2016 el Producto Interno Bruto habría crecido por encima de 2. por ciento y el empleo a una tasa cercana al doble de éste. Asimismo, nos refiere a la evolución del mercado interno que en los últimos tiempos ha sido el sostén de un desempeño económico positivo, sobre todo gracias a la dinámica del consumo privado. La devaluación del peso no le aflige mayormente y tampoco la trayectoria y perspectiva de los precios.

De esta manera podríamos decir que con crecimiento, baja inflación y creación sostenida de empleos lo menos que puede haber es una crisis económica, desde luego no de la magnitud e intensidad de las del pasado. Tiene razón Enrique Quintana, pero no toda la razón.

De diferentes maneras, muchos de los practicantes o merodeadores de la 'ciencia lúgubre' hemos aspirado a hacer economía y política económica basados en 'la evidencia'. Algunos todavía creen que la disciplina puede llegar a ser como las ciencias duras, en particular como la física, pero muchos otros, cada vez más, prefieren el método inductivo y el acopio de experiencias, de ser posible mesurables, para formular diagnósticos y recomendar políticas.

Para ello, es indispensable contar con un buen recuento que por lo menos nos permita arriesgar y no seguir a ciegas en el tráfago de los mercados, las decisiones de inversión o los 'espíritus animales' que recientemente descubrió, aunque no de la mejor manera, nuestro viajero gobernador del Banco de México. De otra suerte, seguiremos en el camino que no lleva a ninguna parte. Así, para completar las proposiciones de Enrique tendríamos que agregar algunas consideraciones que, por supuesto, no pretenden ser exhaustivas:

1.- La tasa de crecimiento del PIB de 2.0 por ciento es mejor que nada y desde luego mucho mejor que no crecer o decrecer, como ha ocurrido en el pasado, pero no puede festinarse: este coeficiente es más o menos el promedio de los últimos 36 años (2.34 por ciento) y ha tendido a reducirse en los años posteriores al estallido de la Gran Recesión de 2008-2009. En los últimos 15 años, el crecimiento ha sido de 2.17 por ciento promedio anual y en los últimos diez la cifra se ha reducido a 1.88 por ciento.

Si lo vemos del lado del PIB per cápita, en 36 años ha crecido a una tasa de 0.70 por ciento promedio anual; en 15 años de 1.11 por ciento promedio anual, y en la última década su desempeño ha sido de 0.89 por ciento promedio anual. Con estos números, más allá de una trayectoria alentadora, los índices de los años recientes hablan de un nuevo camino, por debajo del que trazaran los primeros años del cambio estructural globalizador, y llevan a pensar en una trayectoria larga de crecimiento lento o, de plano, de una tendencia al estancamiento secular, como la que temían algunos economistas lúcidos de los años treinta y ahora vuelven a reconocer como posible economistas del stablishment como Larry Summers.

En México, Jaime Ros ha descrito y analizado brillantemente esta problemática en dos excelentes 'libritos', como suele llamarles, editados por el Colegio de México y la UNAM, dentro de la colección de Grandes Problemas de México.

2.- El empleo, después de agudos descensos al calor de la Gran Recesión se ha recuperado, pero los nuevos trabajos que han predominado son los mal pagados, iguales o inferiores a tres salarios mínimos, en tanto que los que obtienen cantidades mayores a ese ínfimo nivel no lo han hecho. Así lo consigna Norma Samaniego en varias de sus entregas recientes sobre el tema. Para el tercer trimestre de 2016 el 48.24 por ciento de la población no percibía más de dos salarios mínimos; ese año no sólo se registró el mayor índice de ese 'mal pago' desde 2005, también se tuvo el menor porcentaje de población ocupada (6.08) con más de cinco salarios mínimos.

Además, como lo muestra el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), la cuestión laboral no se capta satisfactoriamente atendiendo sólo al desempleo abierto y el subempleo. Las “condiciones críticas de ocupación” que documenta el Inegi deben verse en realidad como un componente de una 'brecha laboral' que asciende a más de 13 millones (desempleados, subempleados y desertores del mercado laboral), cantidad que actualmente representa 19.65 por ciento de la fuerza laboral (PEA más PNEA disponible). Esto sin mencionar que el trabajo informal ha llegado a representar 57 por ciento de la población ocupada, a pesar de los múltiples incentivos y reformas.

3.- La combinación de magro crecimiento y mal empleo determina las diversas 'trampas del estancamiento' de cuyo estudio y documentación deberían partir nuestros recuentos del desempeño económico y nuestras recomendaciones de política. Utilizando los componentes adelantados y coincidentes de Inegi, que dan cuenta del comportamiento del ciclo económico, hay que señalar que la actividad industrial de enero a octubre de 2016, último dato que se conoce, ha crecido por debajo de su tendencia de largo plazo. El indicador adelantado, que busca señalar los puntos de giro del indicador coincidente, está a la baja desde octubre de 2014 sin mostrar señal alguna de recuperación.

Es cierto que el mercado interno es grande pero no robusto, porque la mayoría que lo conforma gana poco; de hecho, si observamos sus movimientos tendremos que convenir que, si no hay más inversión, no podrá gestarse la dinámica necesaria para impulsar y sostener un mayor crecimiento del mercado. Su dinámica no revela fuerza, sino más bien su reducido papel como eje impulsor de la actividad productiva en su conjunto. Tasas cercanas a 2.0 por ciento son del todo insatisfactorias, porque no pueden respaldar niveles de ocupación y salarios adecuados.

No, no hay crisis hoy y qué bueno. Pero soslayar estas otras dimensiones y realidades de la economía y de la sociedad puede llevarnos al peor de los peligros: la autocomplacencia. La evidencia puede ser débil, pero con el diagnóstico que tenemos es obligado y urgente pensar en cambiar de médicos y medicinas y adentrarnos en la construcción de un nuevo curso de desarrollo.

Correo: 
economia@elfinanciero.com.mx

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