Opinión

Ecología y consumismo

 
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Liverpool

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

La reciente encíclica Laudato’Sí contiene algunos aspectos sumamente prácticos: nos invita a apostar por otro modo de vida. Escribe el papa Bergoglio que al pensar en la ecología no podemos sólo referirnos a la posibilidad de grandes catástrofes naturales, sino que también debemos incluir fenómenos derivados de crisis sociales como la obsesión por un estilo de vida consumista, el cual puede provocar deterioro y violencia social.

Se afirma que “tenemos demasiados medios para unos escasos y raquíticos fines”. En efecto, conviene aclarar, que las “necesidades” son medios y no fines, y por consiguiente, no debemos idolatrarlas. Desgraciadamente, más bien vivimos en una civilización de medios. La encíclica subraya que “mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir”.

Si se diera un significativo cambio en el estilo de vida, los movimientos de los consumidores lograrían que se dejaran de consumir determinados productos y se obligaría a las empresas a tener en cuenta “el impacto ambiental y los patrones de producción”. En efecto, no es exagerado afirmar que la unión de los consumidores podría contribuir mucho a la justicia social, y mediante la solidaridad, contribuir a crear un mundo más humano, y de ese modo, convertirnos en protagonistas de la historia. Alguien ha dicho que si Marx resucitara su eslogan sería: “consumidores de todo el mundo, uníos”.

Los consumidores no sólo tienen derechos, también tiene deberes, pues como lo enfatiza la encíclica “el consumo es un acto moral, no sólo económico”. El asumir nuestros deberes de consumidores no es fácil, ya que el consumismo suele estar muy arraigado en nuestro corazón y algunos tienen la convicción, “consumo, luego existo”.

Se requiere una educación que genere una civilización ecológica integral. En la actual reforma educativa, la conversión ecológica debería estar en primer plano: reducir el consumo de agua, separar la basura, no tirársela al vecino, apagar las luces innecesarias, no hablar excesivamente por teléfono, llevar una vida más austera… son pequeños detalles que forman el carácter y son un antídoto contra el paradigma consumista que se transmite por la propaganda de los medios de comunicación y otras argucias del mercado como las “modas y las ofertas”.

Bergoglio alude a la Carta de la Tierra (La Haya, 29 junio 2000): “como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo… despertar a una nueva reverencia ante la vida… acelerar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida”. De este modo se podría lograr un cambio importante en la sociedad.

El consumo desenfrenado que busca la novedad por la novedad, gastar por gastar, a la larga conduce al desprecio de las cosas, el cual puede llevarnos sutilmente al desprecio de las personas. Algunos confunden el descanso con la evasión y la sana diversión con la pérdida de tiempo: asistir a espectáculos por costumbre, seleccionados al azar, nos lleva a soportar, en ocasiones, diversiones mediocres o vulgares. El colmo es que se compre aburrimiento. Además, el consumismo nos puede masificar, y en ese caso, nos consume como personas, nos impulsa a privilegiar el tener sobre el ser. Es triste consumir nuestra vida en una carrera desenfrenada a caza de necesidades artificiales y bienes superfluos. Muy bien lo expresaba el poeta Ovidio en su Metamorfosis: “Inopem me copia fecit”: la abundancia me hizo pobre. En efecto, atender preferentemente a las necesidades artificiales y descuidar lo esencial, vivir hacia afuera, volcados hacia las novedades externas, nos conduce a descuidar el mundo interior, el corazón del ser humano.
No es fácil librarse de la esclavitud del consumismo: decía Erich Fromm: “el hombre puede ser esclavo sin cadenas”, éstas se han desplazado de lo exterior a lo interior.

En efecto, el ingenio de la publicidad y el atractivo de las modas y las ofertas van sometiendo suavemente nuestra voluntad. La publicidad y la propaganda son un fenómeno complejo, polifacético e invasivo… H. G. Welles la define cínicamente como “la acción de enseñar a la gente a necesitar cosas”. Los resortes de la persuasión de la propaganda son muy sutiles y quizá por eso muy eficaces. Urge resistir a estos atractivos y apostar por otro estilo de vida.

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