Opinión

Eco y los alcances de nuestro periodismo

 
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Umberto Eco.

Aún está por escribirse la historia del periodismo contemporáneo mexicano. Una historia marcada, durante el prolongado periodo priista, por la corrupción y la censura, y no es que la crítica hubiera sido proscrita como en la Unión Soviética. Pueden citarse muchos ejemplos de crítica al gobierno. Lo paradójico de nuestro sistema, que Vargas Llosa calificó como dictadura perfecta, es que en la mayoría de los casos el gobierno la pagaba y la dirigía contra sus propios enemigos internos.

El sistema político mexicano, decía Vargas Llosa en su famosa y polémica intervención en el Encuentro Vuelta convocado por Octavio Paz, no le exigía a sus periodistas e intelectuales “una adulación sistemática como hacen los dictadores vulgares, sino por el contrario, les pide más bien una actitud crítica, porque esa es la mejor manera de garantizar la permanencia de ese partido en el poder” (La experiencia de la libertad, Vuelta, 1991). El sistema acostumbraba pagar, parafraseando a López Portillo, para que le pegaran. Esa situación comenzó a transformarse, como todo en nuestro país, a principios de los años setenta, como parte de la “apertura democrática” que orquestó Luis Echeverría en un intento por cerrar la herida abierta por la matanza del ’68. El Excélsior de Julio Scherer fue punta de lanza de ese cambio.

Han pasado muchas cosas desde entonces (la salida de Scherer de Excélsior, la fundación de Proceso, el Unomásuno y La Jornada, el auge de los noticieros radiofónicos –con Gutiérrez Vivó a la cabeza–, la tibia apertura de la televisión, la desaparición de algunos diarios emblemáticos –como el Novedades– y el surgimiento de otros, como El Financiero); la prensa, como el país, se democratizó.

Falta mucho camino por recorrer –la escasa presencia del periodismo de investigación lo delata–, pero ese camino lo tendrá que recorrer bajo la intensa presión del Internet, que ha rebajado los niveles de exigencia del periodismo. Es muy pronto para extender el acta de defunción de los periódicos tradicionales. Un público masivo reclama inmediatez y acceso universal. Pero otro, más exigente, valora en lo que vale el papel central del editor, mayor profundidad (que implica tiempo de investigación) en los reportajes, sistemas más estrictos de verificación.

Umberto Eco, recientemente fallecido, dedicó su último libro a la prensa escrita: Número cero (Lumen, 2015). Una novela, escrita en tono irónico, sobre algunos de los vicios más comunes del periodismo actual.

Colaborador asiduo del Corriere della Sera, Umberto Eco había reflexionado con anterioridad sobre algunos tópicos relacionados con la prensa, como el desmentido, al que dedicó un artículo que aparece en su Segundo diario mínimo (Lumen, 1994) y que retomó, casi íntegro, en Número cero. Y es que, dice Eco, “las noticias no es necesario inventarlas, basta con reciclarlas”.

Para Eco, según lo expone en su novela, no son “las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias”. El periódico decide cómo frasear la nota, cómo cabecearla (es muy común ver que la cabeza no corresponde al cuerpo de la nota), en qué página exponerla.

Una noticia contraria a los intereses del periódico no hay que bloquearla, observó Eco, basta sepultarla en una página en la que abunden los titulares escandalosos y las noticias triviales. El periódico decide qué destaca en primera plana y qué se disimula en la sección de notas de provincia. Para el director de Domani, el falso diario que Eco inventa en Número cero, resulta claro que los lectores no saben qué pensar ni en qué dirección, y que es tarea de los periódicos decírselo y orientarlos.

Exploración crítica del periodismo contemporáneo, en Número cero Umberto Eco pasó revista a varias de las causas de la decadencia de la prensa escrita: las insinuaciones sobre el prestigio de algunas personas, el cinismo de ciertas posiciones (como el combate contra la corrupción, ya que “la llamada a la honradez siempre vende muy bien”), el manejo de los desmentidos (ya que resulta más fácil publicar noticias sin sustento y luego admitir los desmentidos que hacer una investigación en serio), etcétera.

Un cierto tipo de periodismo va muriendo pero el nuevo no acaba de nacer. Ningún lector de signos y discursos más calificado que el semiólogo y novelista Umberto Eco. Su muerte nos empobrece a todos.

Su ejemplo de rigor y encanto, de erudición y ligereza, nos anima y nos reta. Su última novela, Número cero, pone frente a nuestros ojos un espejo crítico de las deformidades de nuestra prensa escrita. No es posible soslayar que la salud de nuestra democracia en gran medida está condicionado por los alcances de nuestro periodismo. Nos corresponde, como lectores y autores de ese periodismo, honrar su ejemplo.

Twitter:@Fernandogr

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