Opinión

E-mail para a-Rivera

Tomé puntual nota, Arturo, de la presentación, en Bellas Artes (sueño galo porfiriano, pero también mexicanísimo Art Decó), de tu último libro. Ni éste, ni el penúltimo, ni el antepenúltimo, conozco. El tiempo extinguió la complicidad artística y familiar. Hablo de los sesenta, décadas míticas, si las hay, y los setenta, puritito desencanto. No me sorprendió mi ausencia en el formidable cuadro Última Cena (con todo y la facha semítica que me cargo).

Buena jornada, aquella, en un Monterrey todavía no tomado. Primer, los frescos de Ángel Zárraga, en la Catedral; después Rivera en el aparatoso, desmedido, Museo de Arte Moderno.

No olvido, sin embargo, que te debo la portada de mi primera novela (todo un desastre); ni la portada (Ruy Sánchez, modelo, con bombín) y la diagramación de mi diario londinense, éste sí trancazo. Luis Guillermo Piazza, inolvidable, nos abrió los talleres en que la Editorial Novar imprimía sus cómics. Qué lujo.

Tu obra me interesa sobremanera.

Te anunciaste, fuiste desde la primera exposición, eres y seguirás siendo un gran pintor. En el concepto clásico, por supuesto de pintura: difícil arete (susceptible, sí, de simulaciones), guiado por el poderío de la línea y del color, de develar el lienzo. No me canso de citar el caso del escultor que, como obra realizada, expone el bloque de mármol. El busto, la escultura, estaban ahí.

Acabamos de ver tu cuadro en la exposición del Museo del Carmen. Me complació confirmar que los Demonios siguen trabajando para ti. Difícil olvidar esas manos, garras coléricas, ruinas de la vida que, por avejentarse, se torna espectral.

Desde luego reparé en la mesa de quejas en la que se convirtió la presentación de tu libro; y desde luego convengo en el apremio de revisar las, digamos, políticas de selección de galerías y museos, oficiales, privados o de fusión (como llamo, para no hondar, el MX de lo público y lo privado, esa sinuosa frontera tan fácil de cruzar). Pocos son los elegidos y muchos (y muchas, pienso en mi favorita Liliana Mercenario) puestos en reserva.

¿Por falta de espacios? ¿De ahí el remedio a lo Cauduro de pintar la fachada de su edificio en la Condesa?

Por cierto, ¡qué explosión de galerías en los sesenta, según muestra la cartografía que abre la Exposición del MUAC, que recién comenté en este espacio. Te la recomiendo. Te sumergirás en la nostalgia. Las Pecanins Sisters. La tarde aquella en la que el joven Enfant Terrible (pero también Enfant Gaté), José Luis Cuevas, nos convocó en la Zona Rosa para el “show” de Mural Efímero.

Abundancia, sí, entonces, de espacios. Cuando (ya lo escribí) en el imaginario clasemediero, pegaba más ser Galerista que Chef.

Pero voy a la razón profunda de este E-Mail.

De regreso del primer puente de mayo (y faltan), rebuscando en mi naufragada, dispersa biblioteca, me topé con la autobiografía de tu señor padre y, a la sazón, mi señor suegro.

Empresa para él nada fácil (hablo de cuestiones familiares), para la que tuve el regalo, la distinción, el honor no sólo de acompañarla en su proceso sino de escribir la 4ª de forros. La portada, muy Gatsby Wolrd, es tuya. La neta: grande fue la amistad y admiración, innumerables las charlas, profundo mi aprendizaje con aquel intelectual al viejo estilo.

Perspectiva de una vida intitúlase el singular libro, de tersa prosa ensayística, atrevidamente sincero, que Manuel Rivera Silva, Ministro en ejercicio de la Suprema Corte de la Nación, grande del Derecho Penal, se atrevió, en época pacata, a dar a los tórculos y que distribuyó Porrúa. Allá, presente lo tengo yo, por el 74. ¡Hace, Arturo, la friolera de cuarenta años! Subtítulo: Biografía de una Generación.

Me cito fragmentariamente, tú perdonarás:

“Las memorables páginas que Manuel Rivera Silva da a la publicidad, ilumina, con una luz tan inteligente como apasionada, el retrato de una generación perdida y el retrato de una vida ejemplar”.

¿Qué generación? Cronológicamente, la que sucedió a la de 1929, la de la Autonomía Universitaria; tema que me atraía escuchar de boca de Alfredo Ruiseco Avellaneda, tío tuyo, quien franqueó mi encuentro, el primero de muchos, con Alejandro Gómez Arias. El mero líder del 29, el poseedor una un hermoso cuadro autorretrato de Frida antes de la Kalolización de Occidente (culpa, tengo indagado, del feminismo teutón).

Arnulfo Martínez Lavalle (todavía lo alcancé de profesor en la Facu), Rafael López Malo (con uno de cuyos hermanos me toparé, qué digo, nos toparemos, pues tu también anduviste por esos pagos, en Radio Universidad). Los estudiantes que se acodaban en los barandales de San Ildefonso, los que editarían la revista Barandal.

Volví a escuchar aquella voz eufónica, de corte oratorio, cultísima, leída, embriagada por la vida. Escribió tu padre: “la vida es lo único y lo carente de ella no reviste miramiento, aunque más de una vez la vida lo aprovechar para entonar su altura”.

Me fascina la imagen, que entonces no comprendí del todo. Caída personal que la vida aprovecha para entonar su altura. Hay que escucharla.

Recibe con mi admiración indeclinable, un fuerte abrazo. Y Déjame decirte que, releído, me gusta el discurso de tu presentadora y Defensora de Oficio. Sabe lo que trae entre manos.