Opinión

Duelo

 
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Duelo. (elpsicoasesor.com)

Frente a las realidades difíciles de la vida humana se inventan recursos que sirven de consuelo o anestesia para el dolor físico y emocional. Por eso se inventaron la medicina, los analgésicos, la literatura, la filosofía, la poesía, la psicofarmacología, la terapia con diván y sin él, y la tanatología. Hoy se usa que la gente acuda a un tanatólogo, que le ayude a transitar por la penosa tarea del duelo. La clasificación del dolor (que quizá intenta ayudarnos a comprender las pérdidas) distingue duelos atorados, enquistados, patológicos, exprés, encubiertos, negados, actuados, sublimados, incompletos, desplazados y detenidos.

La autoayuda más poderosa es la que no tiene intenciones de serlo. Esa que no ofrece ninguna ganancia más que la inmersión en una historia se llama literatura.

Es el caso de Niveles de vida, de Julian Barnes, publicado por Anagrama en octubre de 2014, en el que describe, desde la experiencia presente y la reconstruida por la memoria, el sufrimiento salvaje de perder a alguien muy amado. Con una sinceridad inusual, Barnes hace posible que nos acerquemos a su dolor, sin sermones y sin adornos.

Algunas de las ideas clave sobre el amor, la muerte y la pérdida, compartidas por Barnes en su libro:

–Cuando dos se juntan en un vínculo que funciona, el mundo cambia.

Después, tarde o temprano, uno de los dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero emocionalmente posible.

–El amor nos da una sensación de fe e invulnerabilidad, pero toda historia de amor es una potencial historia de aflicción.

–Afrontamos mal la muerte, ese suceso banal y único, y no la integramos como una parte integral de la vida. La aflicción se vuelve inimaginable, indefinible e indescriptible. Nunca puedes prepararte para esta nueva realidad en la que te has sumergido.

El duelo se ajusta al carácter y produce reacciones distintas. Hay quien mira a la muerte de frente, otros se esconden detrás de mil ocupaciones, unos más redecoran la casa, escriben un libro o se vuelven a casar.

–El dolor es directamente proporcional al valor de lo que hemos perdido.

Si no tuvo importancia, poco importará. La aflicción es un estado humano, no médico, y no hay pastillas que la curen. Los afligidos no están deprimidos, sino matemáticamente tristes.

–El duelo es superar el día, superar la indiferencia que parece la única emoción que sobrevive, y aceptar con serenidad que lo que no te mata no necesariamente te hace más fuerte, sino que incluso puede debilitarte para siempre.

La jerarquía del dolor es una simple cuestión de altura: desde dónde cae cada uno de nosotros en la vida.

–La aflicción y el duelo no son iguales. La primera es un estado, el segundo un proceso, y se superponen inevitablemente. ¿Se cura la aflicción, se elabora un duelo? Por fortuna Barnes no responde categóricamente. No hay una medida estandarizada de aprendizajes ni progresos que siguen a la muerte. A la gente le gusta decirle al sufriente que sí, que se convertirá en una mejor persona gracias al dolor.

Barnes se limita a describir sus pistas personales, que le indicaron muy lentamente que la vida podía continuar: reincorporarse a los lugares públicos, cuando las lágrimas cesan, cuando la concentración regresa, cuando logras desprenderte de posesiones y normalizar la visita a lugares compartidos, cuando regresan la alegría y el placer; aunque la alegría sea más frágil y el placer moderado.

He leído pocos libros que describan el duelo desde un lugar así de personal y con tanta sabiduría. Estoy segura que la autoayuda que puede obtenerse de la literatura, si es honesta, austera y bien escrita, es la más poderosa.

Twitter:@valevillag

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