Opinión

Duelo de titanes

      
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EU y China. (Shutterstock)

En unos días Donald Trump se reunirá con Xi Jinping. En esa reunión estará casi la mitad de la producción mundial, aun si están solos ellos dos. Estados Unidos y China suman casi 30 trillones de dólares, de los 75 del PIB mundial, aunque el primero es 50 por ciento mayor que la segunda, midiendo en dólares corrientes. Fuera de eso, no parece haber comparación entre los dos líderes.

De un lado, Xi Jinping preside un gobierno extraordinariamente profesional, si bien igualmente rígido. Es líder de un sistema autoritario que en las últimas décadas ha funcionado con presidentes que al mismo tiempo son secretarios generales del único partido político y comandantes de la comisión militar del país. Estos señores han durado más o menos diez años en el puesto. El primero, Jiang Zemin, gobernó de 1989 a 2002, después de que la masacre de Tiananmen provocara la destitución de Zhao Ziyang, su antecesor. Le siguió Hu Jintao, que salió en 2012. No está de más recordar que la transformación de China de un país miserable a la potencia actual fue obra de Deng Xiaoping, el hombre fuerte del país desde 1979 hasta su muerte en 1997.

Xi tiene 64 años, y en los cinco que lleva en la presidencia ha destruido a todos los enemigos políticos que estuvieron a punto de impedirle llegar al poder. No lo lograron, y Xi ha acumulado más poder que cualquiera de sus antecesores desde Deng, o incluso Mao. Xi es ingeniero químico (y eso es algo importante, como usted sabe) y doctor en derecho. Por si fuera poco, vivió un par de semanas con una familia estadounidense en Iowa en 1985, cuando era un funcionario menor.

Del otro lado, Donald Trump ya es conocido de usted: empresario heredero de un emporio de bienes raíces, que no parece haber mejorado; aventurero en casinos, donde salió trasquilado; exitoso conductor de un reality en el que construyó el personaje con el que pudo llegar a la presidencia de Estados Unidos. El gobierno que dirige parece lo opuesto al de Xi: por un lado, tiene una banda de cruzados supremacistas en las oficinas de la Casa Blanca (y el Departamento de Justicia); por el otro, contrató muy buenos elementos para las principales secretarías, aunque la mayoría sin experiencia en gobierno. Finalmente, y muy importante, en las últimas semanas se ha enfrentado a la acusación, cada vez más creíble y sustentada, de haber formado parte de una conspiración con el gobierno ruso para intervenir en la elección presidencial. Este viernes pasado, Donald Trump abandonó el evento protocolario de la firma de dos órdenes ejecutivas dirigidas al tema comercial. Simplemente salió del lugar sin haber firmado los documentos, uno de los cuales tenía como destinatario precisamente a China.

En suma, la reunión tendrá de un lado a un hombre de Estado, sumamente preparado, sin restricciones parlamentarias, que conoce no sólo a su país, sino al de su interlocutor. Del otro, a un improvisado, que no entiende el funcionamiento del gobierno, no tiene equipo, tiene al Congreso en contra, puede ser acusado de traición, y parece ya harto de su aventura.

Para quienes despreciamos a este personaje, y para quienes siempre han querido mal a Estados Unidos, esta reunión parecería maravillosa. No lo es. El crepúsculo del siglo americano, si ocurriese, sería una pésima noticia. Las autocracias nunca fueron buenas. En los 15 mil años de historia que tienen, jamás lograron los avances que hoy tenemos: ni el crecimiento ni la educación ni la salud ni la capacidad de elegir habían sido jamás como lo son hoy. Perderlo todo en una reunión sería terrible. Veremos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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