Opinión

Duda razonable

     
1
   

        

Donald Trump

El arranque de la presidencia de Trump fue desastroso: decretos migratorios suspendidos por el Poder Judicial; fracaso de su iniciativa para sustituir el Obamacare; renegociaciones lentas del TLCAN, y la construcción del muro que se revela cada vez más absurda y compleja.

Pero no sólo eso. Las investigaciones sobre la intervención rusa en las elecciones obligaron a la renuncia de su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, llevaron a Sessions a excusarse del caso y han involucrado a Jared Kushner, quien ya fue citado por el comité que investiga si los miembros del equipo de campaña estuvieron al tanto o cooperaron con los rusos.

A ello hay que sumar que Trump registra el índice de popularidad más bajo en la historia de los primeros cien días de las administraciones estadounidenses. Ineficiencia, fracasos, impopularidad y la sombra de un eventual juicio político son, sin duda alguna, elementos de un coctel que se puede volver mortal o, por lo menos, muy tóxico.

Dado ese contexto, el ataque contra Siria se convirtió en una tabla de salvación. Súbitamente, el presidente apareció enérgico, decidido y efectivo, defendiendo a Estados Unidos y combatiendo un acto bárbaro, lo que provocó la solidaridad de los europeos y desató las tensiones con Rusia. Así que mejor, imposible.

La explicación del porqué del giro de Trump, quien reiteradamente había señalado que enfrentar a Siria no era su prioridad, es doble: la versión romántica señala que Ivanka vio las fotos, se horrorizó e influyó sobre su padre. La otra, la institucional, apunta que la salida de Bannon del Consejo de Seguridad Nacional y el ataque muestran la consolidación e influencia de los militares en el gabinete presidencial.

Existe, por supuesto, la posibilidad de que ambos factores sean relevantes y que el propio Trump y sus más cercanos hayan visto en el ataque a Siria la mejor forma de dar un giro de timón, que dejara atrás los fracasos y los errores, y le permitiera emerger como un líder ante una situación crítica.

El problema, ahora, es qué pasará en el futuro. Rusia se ha solidarizado con Siria y ha advertido que nuevos ataques serían intolerables. Sin embargo, el propio Trump ha señalado que podría haber nuevas operaciones, aunque también ha reiterado que su prioridad no es derrocar a Assad. Prudencia que se explicaría por la experiencia de Irak, pero también por el riesgo de confrontación abierta con Rusia.

Por lo pronto, la incursión militar ha derivado en una confrontación diplomática de altos vuelos. Tanto Putin como Assad afirman que Siria liquidó sus arsenales químicos y que el ataque no fue realizado por el Ejército sirio.

El alegato ruso-sirio se ve respaldado, primero, por la experiencia de la invasión a Irak, bajo el pretexto que Hussein ocultaba armas químicas y que, como todo el mundo sabe, y el propio Trump denunció en su momento, nunca fueron encontradas.

Pero además están las presiones y gestiones de Washington, que obligaron al régimen de Assad a liquidar sus arsenales químicos en 2013. Apenas el 17 de enero de 2017, Susan Rice, asesora de seguridad nacional de Obama, aseguró que la amenaza de armas químicas había sido superada gracias a acuerdos diplomáticos con Rusia y el Consejo de Seguridad de la ONU.

El affair tiene, por lo demás, un contexto lógico que no es posible soslayar. En la primera entrevista concedida después del ataque, Assad no sólo afirmó que no tiene armas químicas, sino que si las tuviera no las habría utilizado.

Y, en efecto, las motivaciones de Assad para emplearlas serían completamente irracionales. De entrada, por su alianza con Putin. Segundo, por el hecho que Trump no sólo había criticado a Obama por su estrategia en Siria, sino planteaba corregirla. Tercero, porque las relaciones Rusia-Estados Unidos entraban en una nueva era que beneficiaría a Assad.

Inútil, agregar que Putin tendría que estar demente para cooperar con semejante ataque después de haber apoyado, por todos los medios a su alcance, la candidatura del republicano. Amén que entre ambos gobiernos había un claro entendimiento desde antes que Trump asumiera la presidencia.

En suma, por donde quiera que se le mire hay algo que, como en 2003, definitivamente no cuadra en esta historia.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

También te puede interesar:
El barón de Munchausen
Seis profecías y un corolario
AMLO no puede cantar victoria