Opinión

Doug Aitken

 
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Doug Aitken

La primera foto (en realidad era un tríptico) que vi del encuadre del ala de un avión sobre un fondo de nubes iluminadas por la luz anaranjada de un atardecer espectacular fue de Doug Aitken, quien recibió anoche el Premio de Artes de América. Esa imagen, que se ha repetido ad nauseam en cualquier cuenta de Instagram, emana 15 años después la estética Wall Paper, englobaba en ese momento una sensación nueva y excitante para mi generación: la posibilidad de unir el arte, el cine, el diseño, y todo esto desde una tabla de surf.

Doug Aitken (Redondo Beach, California, 1968) empezó a producir en los 90, y el hecho de que además fuera surfista e hiciera, por ejemplo, los videos de Fat-Boy Slim utilizando el carro chicano de Rubén Ortiz Torres, lo situaba dentro la generación para la cual MTV fue creada, y anunciaba un importante y variado cuerpo de trabajo que incluiría fotografías, esculturas, publicaciones, videos, piezas sonoras, instalaciones y performances.

Piezas tan importantes como Diamond Sea (1977) –uno de los primeros videos que el artista vendió y uno de los primeros adquiridos por la colección Jumex– consta de tres video proyecciones y varias bocinas que buscan crear una inmersión para el espectador en un área “restringida” y altamente vigilada de 65 mil kilómetros cuadrados, conocida como Diamond Area 1, en el desierto de Namibia, y donde se encuentran las minas de diamante más importantes del mundo.

Aitken ha dirigido varios performances, entre ellos The Handle Comes Up, The Hammer Comes Down (2009) una especie de ópera en vivo, en la que subastadores sentados entre el público cantaban el precio de un producto no anunciado. Estos “cantantes” son en realidad subastadores norteamericanos de ganado, pero en el contexto del Theater Basel en Basilea, Suiza, al tiempo que la feria más importante del mundo tomaba lugar, bien podrían estar gritando los precios de las obras, casi como se hace en una subasta de Christie's o Sotheby's.

Algo en el trabajo de Aitken lo sitúa como un artista muy estadounidense. Migration (2008) es una pieza en la que escogió a animales nativos que filmó en moteles de paso en varios lugares de Estados Unidos. Con un búfalo, un puma o un caballo, que hacen disonancias con el claustrofóbico entorno suburbano, retrató un paisaje en extremo repetitivo y local, donde la migración y el aislamiento explicaban la ausencia humana.

Si en algún momento la obra de Aitken parecía estar a punto de quedarse en un mero ejercicio estético –peor aún, gráfico–, hoy, después de décadas de reinventarse, pero manteniendo su lenguaje, ésta aparece como una investigación de la cultura americana.

Su fascinación por íconos de la contracultura o la (seudo) contracultura (aquélla que nos recuerda la travesía y los rieles del tren), y su permanente colaboración con ellos, como Beck, Cat Power, Richard Serra, Ed Ruscha, Iggy Pop, o Chloe Sevigny, entre tantos otros, ha creado también un mosaico con muchos de los buenos aportes culturales que Estados Unidos le ha hecho al mundo. Tal vez el premio que le fue entregado ayer –así como probablemente lo es el Nobel de Dylan- son un acto de fe en estos momentos cruciales.

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